¿Gobierno a finales de año?


Decía el viejo bolero que tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor. Y quien tenga esas tres cosas, que le dé gracias a Dios y deje de quejarse por temas secundarios como la avería del automóvil, la derrota del Dépor o los madrugones del lunes. Lo malo es que la sociedad española de hoy no anda sobrada de aquellos dones si los traducimos por salud democrática, empleo digno y solidaridad territorial. Lidia por el contrario con tres problemas, enquistados desde hace tiempo pero que se recrudecerán este otoño: el separatismo, la crisis económica que despunta y el bloqueo político. De los tres, quizá el último no sea el más importante, pero sí el más urgente. El que requiere una rápida solución, porque la ingobernabilidad impide abordar con seriedad los otros dos.

Por eso, de las promesas formuladas por Pedro Sánchez estos días, desde la actualización de las pensiones según el IPC hasta una nueva subida del salario mínimo, la más reconfortante me parece la más prosaica y tal vez la de menor gancho electoral: la de que tendremos Gobierno antes de fin de año. El candidato del PSOE, si Dios le da salud y votos, se propone pulverizar los plazos y acelerar el curso de la historia, suprimir las vacaciones navideñas de los diputados y habilitar enero, aprobar de inmediato el techo de gasto y presentar nuevos presupuestos a principios del 2020.

Aunque prometió desmenuzar su estrategia el próximo fin de semana, no puedo reprimir un vistazo al calendario para señalar las metas volantes de esa carrera contrarreloj. Elecciones el 10 de noviembre y constitución de las cámaras el 3 de diciembre. Una semana para la formación de grupos parlamentarios y otra para la ronda de contactos, además de las audiencias rituales del rey, nos sitúan en el 17 de diciembre. Sesión de investidura, con el turrón de Nochebuena todavía en el cielo del paladar, quizá el 26 y 27. Y aún quedan un par de días, antes de las doce uvas, para nombrar ministros y tomar las primeras decisiones.

El ajustado calendario lo permite, pero Sánchez necesita salvar dos obstáculos para que su promesa no se convierta en el cuento de la lechera. Primero debe ganar las elecciones y que la derecha tricéfala no sume 176 escaños. Los pronósticos le son favorables en este momento, pero a la vista de las borrascas que se avecinan, espoleadas por la sentencia del procés y la ventisca económica, no debería dormirse en los laureles demoscópicos.

Superada esa prueba de alto riesgo, a Sánchez aún le quedaría una asignatura pendiente: que alguien, a su derecha o su izquierda, rompa el bloqueo. Descartado el trampantojo de la coalición -la grande y la chica-, insistirá en su vindicación del modelo portugués y del Gobierno monocolor. Confía en que, esta vez sí, cederán los unos o el otro. Ciudadanos, escarmentado por aplastamiento electoral. Unidas Podemos, anémico por la dentellada errejonista. El PP, consciente del beneficio que reporta revestirse con el traje de moderado. Lo demás, barrunta Sánchez, lo pondrá el miedo: el pánico que suscita el fantasma de otra repetición electoral.

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