Las islas de Leiro

En el mundo de Leiro, la postura del cuerpo es la metáfora de las ideas y el acabado es tan perfecto que deja casi siempre algo sin tocar, lo justo para que la madera se acuerde del árbol


Fue en Girona, en Platja d’Aro, donde naufragó Gulliver y lo encontraron dormido en la arena los liliputienses. O al menos es allí donde se rodó la escena para la película británica de 1960, la clásica de Harryhausen. Más adelante el país de los liliputienses resulta ser Ávila, y luego, cuando Gulliver naufraga en la isla de los gigantes, le llevan al Alcázar de Segovia, que yo reconocí al ver la película de niño en el cine, porque lo tenía en un puzle Educa de mil quinientas piezas.

El caso es que fue así, como si hubiese llegado a las islas de la novela de Swift, como me sentí uno de estos días pasados al entrar en la exposición que tiene mi amigo, el gran escultor Francisco Leiro, en el edificio de la Antigua Fábrica de Tabacos de Madrid. Volvió a admirarme el mundo de Leiro, que es un universo humano hecho en madera y a veces piedra, de figuras reconocibles haciendo cosas, de cuerpos tallados con precisión de anatomista y dotados luego de la borrosa abstracción del artista. En el mundo de Leiro, la postura del cuerpo es la metáfora de las ideas y el acabado es tan perfecto que deja casi siempre algo sin tocar, lo justo para que la madera se acuerde del árbol. Pero sobre todo es un mundo profundamente gulliveriano, en el que la expectativa y la manipulación de los tamaños, el contraste entre lo grande y lo pequeño en la figura humana, nos hace reflexionar sobre la humanidad misma. En Swift, las dimensiones entrañan una ética («nada es grande ni pequeño sino por comparación»), en Leiro es una forma de compasión por el ser humano, que es, precisamente, a la vez grande y pequeño, duro y vulnerable.

Había a la entrada, en ese color del clarete que tiene el granito de Porriño, el enorme esqueleto de un Leviatán de seis toneladas. El Leviatán, el ser anterior incluso a la Creación de cuya carne, según las Escrituras, comerán un día en banquete los justos. Había una pared repleta de lázaros, hombrecillos que entraban o salían trabajosamente de ataúdes, ensayando su muerte como en la romería de Santa Marta de Ribarteme, liliputienses hechos en pino gallego, roble y nogal, el mismo material de sus cajas de muerto, que ejecutan la gimnasia sueca de una resurrección. Había una multitud de pequeñas figuras sobre un podio haciendo acrobacias, sacando fotos, curioseando, que nos llevan a entender que la humanidad no es sino eso mismo: una calistenia y una reiteración de gestos. Había duendes encerrados en ampollas de cristal, como preparados sobrenaturales en formol de una botica de las de antes; misteriosas cajas iluminadas de aspecto sepulcral; cabezas que brotaban del suelo como un grito. Había, en fin, figuras enormes como los gigantes que Gulliver encontró en Brobdingnag, misteriosos tótems de personas corrientes y dioses, cíclopes de mirada angustiada o indiferente -«Ojos de madera, ¿por qué me miráis?», dice Gepetto en el momento clave del Pinocchio de Collodi-. Leiro le ha dado a su exposición el nombre de Roteiro, que es como los portugueses llamaban a sus portulanos, y creo que, si Gulliver hubiese seguido navegando con este mapa en la mano, habría llegado antes o después a las islas de Leiro.

Volviendo a Gulliver, he buscado mi viejo ejemplar del libro y me he encontrado esta nota que escribí en la página de respeto: «En la realidad, Gulliver no hubiese podido comunicarse con los liliputienses, que miden unos 15 centímetros de media, por lo que sus cuerdas vocales solo podrían producir sonidos de 21.600 hercios de frecuencia, inaudibles para el ser humano».

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Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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