Nuestra especie


La Tierra no es nuestra madre. La Tierra, si acaso, es una señora mayor que vive en nuestro mismo bloque de viviendas, pero que no nos conoce de nada ni se ha fijado en nosotros. Contra lo que dijo el secretario general de la ONU António Guterres esta semana, la Naturaleza no está enfadada. A la Naturaleza, en realidad, le da igual ocho que ochenta, tiene cuatro mil quinientos millones de años y, obviamente, ha visto ya de todo. Ha conocido temperaturas abrasadoras y eras glaciales que se han prolongado por miles y miles de años. Ha contemplado toda clase de cataclismos y extinciones masivas, ha visto los continentes romperse y recomponerse varias veces, los mares subir y bajar decenas de metros. Y todo esto antes de que apareciese el ser humano. Al Planeta le da igual un paisaje árido que un vergel. Los ecologistas usan el verde como símbolo porque es el color de la clorofila, pero para el Planeta es igual de propio el color de la arena del desierto o el estéril blanco del hielo de la Antártida. Digamos que la característica más señalada de la Tierra es la indiferencia.

El Planeta tampoco es un ecosistema, como a menudo se dice. No, al menos, en el sentido de que exista en un equilibrio perfecto que se preservaría solo si nadie lo alterase. Nada más lejos de la realidad. La Tierra es como su manifestación más espectacular, el clima, que es un sistema no-lineal, caótico, en el que infinidad de factores se combinan de manera a menudo impredecible para dar lugar a resultados que a su vez tienen incontables efectos secundarios incontrolables. Los humanos somos uno de esos factores y efectos, entre muchos otros miles de millones, desde los microbios a los volcanes; un factor importante, pero no el único.

Los humanos no somos la sola parte del universo provista de curiosidad, pero sí aquella a la que Evolución ha concedido el privilegio de poder satisfacerla. Contra lo que se suele creer, es la curiosidad, no el deseo de vivir más cómodamente, lo que ha dado lugar a la tecnología. Esta es a la vez beneficiosa y destructiva, pero, en todo caso, sus daños solo pueden remediarse con más tecnología. Los combustibles fósiles, por ejemplo, contaminan y aceleran el calentamiento del Planeta, pero sin ellos nunca hubiésemos tenido los medios (satélites, ordenadores) que nos permiten saberlo, ni podríamos inventar una tecnología más limpia que permita mitigarlo. Y si las cosas se ponen feas de verdad, no será la penitencia sino la tecnología, no serán los profetas sino los ingenieros, lo que nos saquen del apuro, si es que se puede.

En fin, tampoco somos los humanos los únicos seres capaces de tener miedo, pero sí los únicos que podemos sentir remordimientos y albergar esperanzas; los únicos que piensan a largo plazo y se preocupan por el futuro. Somos los únicos que cometemos errores morales, pero también los únicos que tenemos herramientas intelectuales para reconocerlos y tratar de enmendarlos. Tanto es así que hemos llegado a dar lugar a un fenómeno inaudito en el mundo animal: una especie que se odia a sí misma e inventa teorías según las cuales todo lo que hacemos es malo y estamos de más en el Planeta, pecadores como Adán y Eva porque hemos mordido el fruto prohibido del conocimiento y la ciencia. Quizás podemos sentirnos orgullosos de esa feroz autocrítica durante unos minutos, y luego pensar esto: que, si no nos queremos un poco más como especie, ¿qué sentido tiene preocuparnos tanto por nuestro futuro?

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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