La semilla que el independentismo -con relevantes ayudas económicas, sociales y políticas- siembra desde hace mucho en Cataluña lleva dentro el peligro de que germinen hierbas venenosas. Un peligro que, al fin, se ha hecho realidad.

Porque no se puede estar todo el día con la matraca de que España nos roba, de que el Ejército y la Policía allí dependiente del Gobierno son tropas invasoras, de que los huidos de la justicia y los encarcelados por los tribunales son exiliados y presos políticos de un régimen que viola los derechos ciudadanos y de que, en suma, Cataluña ha perdido su libertad a manos de un Estado que la domina, sin asumir que las explosiones de ira política y social que de ese demencial discurso se derivan pueden acabar de la peor manera imaginable: en un gravísimo brote de violencia terrorista.

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Sembrar explosiones, recoger explosivos