Todos iguales, ¡o no!


Un juez ha decidido, no sin cierta polémica, que Iñaki Urdangarin salga de prisión dos veces a la semana para hacer voluntariado en Madrid y evitar así el «absoluto aislamiento» que, según el magistrado, le ha sido impuesto al cumplir su pena en un módulo en el que no tiene contacto con otros reclusos en la cárcel de mujeres de Brieva.

 La decisión se fundamenta en la aplicación del correspondiente artículo del Régimen Penitenciario, y le llega al exjugador de balonmano cuando se cumplen quince meses, de sus cinco años y pico de condena por: malversación, prevaricación, fraude a la Administración, dos delitos fiscales y tráfico de influencias. No han faltado voces que se han apresurado a señalar un supuesto trato de favor. Bien es cierto, que son las mismas que vaticinaron que un miembro de la Casa Real nunca sería juzgado, y que si llegaba a serlo nunca sería condenado, y que si llegaba a ser condenado nunca pisaría la cárcel. Se destapó el caso Nóos en la convicción de que nadie está por encima de la ley al margen de su posición social, pero tampoco esta posición puede dar pábulo al pretexto justiciero para dejar de tomar en consideración los atenuantes que contempla le ley.

El que no ha querido desaprovechar la oportunidad de recuperar cierto protagonismo mediático ha sido el juez ya jubilado que instruyó el caso Nóos, José Castro, que ha venido a insinuar cierto trato de favor con relación a este permiso, coronándose con la afirmación de que si este «sale en libertad buscará ganarse la vida con un procedimiento que ya le resulta familiar». No sería de extrañar que este adalid de la justicia diese próximamente el salto a la política. ¡Ya veremos!

No tengo especial simpatía por Urdangarin, pero creo que las declaraciones de este juez rozan el ensañamiento y, además, son un juicio de intenciones realmente temerario. ¿Qué sabe ni este juez, ni nadie cómo se ganaría la vida Iñaki Urdangarin si saliera en libertad? Lo más difícil de entender del caso de este hombre, es que se dedicara a ganar dinero de manera ilícita, cuando no necesitaba hacerlo, pues con su matrimonio ya había solucionado su futuro.

En todo caso, el juez no tiene ningún elemento de juicio que avale sus declaraciones y, de tenerlo, ninguna justificación para hacerlas. «Algo me dice» no parece argumento de recibo.

Entre los principales principios liberales se encuentra el de la igualdad ante la ley. Solo podemos ser libres si la ley no viola nuestros derechos sino que los protege, y se aplica con equidad a todos, a los que nos gustan y a los que aborrecemos.

El quid de la cuestión no es la disputa de los argumentos «humanitarios y solidarios» que justifican este tipo de medidas de alivio de los rigores carcelarios, sino asegurarse que se aplica por unanimidad y con equidad a todos los internos que cumplen los requisitos de la ley, ya sean «deportistas de élite» (cualidad glosada en el auto que nos ocupa), miembro de la familia real, o el chorizo del quinto.

Por José Antonio Constenla Consultor de comunicación y concejal del Ayuntamiento de Santiago

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