La campaña y la España real


¡Qué malos indicios deja ver la campaña electoral! Solo durará una semana, lo cual se agradecería si fuese cierto, pero no lo es. La campaña real durará, está durando, 55 días. La inauguró con descaro y alevosía el presidente en funciones en su discurso previo a la rueda de prensa del pasado martes. Ahí llegó a pedir el voto para el Partido Socialista, algo que está prohibido por la legislación. Lo volvió a pedir en la sesión de control del miércoles, en la medida en que reclamó alcanzar una mayoría que le permita formar un gobierno estable. Hubo tono electoral también en las intervenciones de los portavoces de la oposición. Y se vio algo más que promete ser la banda sonora que nos acompañará hasta el 10 de noviembre: Sánchez, contra todos sus competidores directos a los que acusó de irresponsables o dogmáticos, y todos contra Sánchez, al que pretenden hacer culpable del fracaso y de la parálisis que sufre el país.

¿Así va a ser la campaña? Me temo que sí. Aunque todos se apunten a la moderación, porque es la que aporta votos, ya hemos escrito que veremos más confrontación, incluso personal, que proyectos de país. Pedro Sánchez necesita hundir a Podemos y obtener votos de Ciudadanos para conseguir el sueño de ganar holgadamente. De hecho, ya los ha designado sus adversarios. Pablo Casado se encuentra ante una oportunidad que no podía ni soñar la noche del 28 de abril y la aprovechará por todos los medios porque se juega la presidencia del partido y quizá la presidencia del gobierno. Su estrategia es captar a los desencantados del PSOE y destrozar también a Ciudadanos, aunque sea su socio en municipios y comunidades autónomas.

Ignoro cómo esos partidos se defenderán, pero la batalla promete ser cruel. Y el mal indicio de todo eso es que la pelea por el poder hará bajar a segundo o tercer nivel los problemas auténticos del país. Espero equivocarme. Espero que ese otoño «económicamente complicado» que anuncia la ministra Calviño encuentre algún hueco en los mítines y en las soluciones que aporta cada partido. Espero que los constitucionalistas se pongan de acuerdo ante los movimientos de desobediencia y/o rebeldía que se anuncian en Cataluña. Y espero que la gota fría de los insultos que se intuyen no ponga en peligro alianzas futuras, porque mal profeta será quien se atreva a anunciar mayoría absoluta para nadie.

La España real está irritada. Está como dice Rufián: hasta los bemoles. Se irritará más si observa que el discurso electoral se centra en el egoísmo de los partidos y se distancia del sentir social. Algo tendrán que hacer los líderes para que, al menos, desciendan los decibelios de esa irritación. Si no, como diría Rajoy, no los votará ni el Tato.

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