Hasta que Rufián y Otegi digan sí

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Eduardo Parra - Europa Press

27 ago 2019 . Actualizado a las 09:42 h.

La capacidad de algunos para ver la paja en el ojo ajeno y sin embargo no percatarse de la viga en el propio resulta sencillamente asombrosa. Ni siquiera al más acérrimo seguidor de Pedro Sánchez se le oculta lo que se estaría diciendo ahora mismo en las terminales políticas y mediáticas del PSOE si a poco más de 20 días de que se cumpla el plazo que obligaría a convocar las cuartas elecciones generales en cuatro años, y después de haber disfrutado de unas plácidas vacaciones en Doñana, fuera Mariano Rajoy y no el líder socialista quien estuviera actuando como si no pasara nada y negándose a llevar a cabo ningún tipo de contacto político para tratar de sumar apoyos a su investidura con el fin de salvar una situación de bloqueo sin precedentes en la reciente historia de España.

El mismo Sánchez que alimentaba cada día la caricatura de un Rajoy convertido en don Tancredo que pretendía que los problemas se solucionaran por sí mismos y lo dejaba todo perezosamente para el último día, ha resultado ser un alumno más que aventajado de aquello que hace poco ponía en solfa. Y el mismo que acusaba a Rajoy de ser un presidente que gobernaba a través del plasma, no comparece ante la opinión pública ni por ondas hercianas, y hasta se niega a cumplir con su obligación democrática de acudir al Parlamento para dar cuenta de la última reunión del Consejo Europeo.

Con su estrategia de conducirnos de nuevo a una negociación exprés que decida el futuro de España en apenas unas horas, Sánchez está jugando con los nervios y la paciencia no solo del resto de grupos políticos, incluidos sus teóricos futuros socios, sino con la de todos los españoles. Y si, como parece, detrás de esa estrategia se esconde un intento de forzar unas nuevas elecciones, es posible que acabe pagándolo caro en las urnas, por más encuestas favorables que le presente ahora Iván Redondo, ya que la paciencia del votante no es infinita.

Pero si sorprendente resulta la doble vara de medir de algunos, pasmosa es su capacidad para obviar la realidad de un plumazo, como si fuera solo una cosa molesta. Sánchez puede apurar hasta donde quiera su partida de póker con Iglesias. Pero, con pacto o sin él, con coalición o sin ella, entre el PSOE y Unidas Podemos alcanzan solo 165 escaños. Y aunque sumen a Compromís, a los regionalistas cántabros de Revilla y hasta paguen el peaje que sin duda exigirá un PNV, que permanece callado a la espera de hacer caja, en España solo habrá Gobierno, presupuestos y leyes si así lo deciden y lo permiten Gabriel Rufián y sus conmilitones de ERC o Arnaldo Otegi y su banda de ex etarras de EH Bildu. Partidos que dentro de dos semanas participarán en un nuevo aquelarre independentista, xenófobo y antiespañol en la Díada del 11 de septiembre en Cataluña. Ese contradiós es lo mejor que podría ofrecer en este momento Sánchez a los españoles. Y, mientras no dé un giro de 180 grados y plantee un gran acuerdo de Gobierno a los partidos constitucionalistas, esa seguirá siendo su única opción razonable, por más que apure los plazos o fuerce una repetición de los comicios.