Naufragio en las Islas Atlánticas

Resulta complicado hacer país con políticos que ni se sientan a dialogar sobre la principal joya medioambiental de Galicia

Otra persepectiva única, las Cíes con la ciudad de fondo
Otra persepectiva única, las Cíes con la ciudad de fondo

Corren buenos tiempos para los daltónicos. Vivimos en un mundo abonado al blanco y negro. Intelectualmente hablando, no queda sitio para la riqueza de los matices y para la confluencia de posturas. Estamos tan abonados a la trifulca política, tan habituados a adivinar de qué lado caerán las opiniones de los tertulianos, que ya se agota nuestra capacidad de sorpresa.

Por eso asistimos con resignación a una nueva polémica: ni siquiera la principal joya medioambiental de Galicia merece quedarse al margen del debate y generar consenso. Ni con el único parque nacional de la comunidad autónoma existe esa posibilidad. Es bien triste. Ocurre que las Islas Atlánticas se convierten así en un reflejo de cómo está el país, absolutamente perdido en intereses partidistas y particulares.

Veamos. El Concello de Vigo lanzó en su momento la candidatura de las Cíes a patrimonio de la humanidad. Este archipiélago es el más importante de cuantos salpican la costa gallega, sin duda. Un auténtico paraíso natural que por fortuna se fue librando de la especulación urbanística y que atesora unos magníficos fondos marinos. Pero la Xunta le enmendó la plana al alcalde Abel Caballero y tiró por elevación. Con lógica, pero sin un diálogo previo que tampoco hubiese estado de más, lanzó la propuesta de que todo el Parque Nacional das Illas Atlánticas aspirase a la declaración de la Unesco. Tiene sentido al tratarse de una unidad de gestión ya configurada. Y también por aquello de sumar territorio y ponerlo en valor. Puede que Ons, Sálvora y Cortegada no reúnan las cualidades de su gran vecina del sur, pero, como dijo el sabio Anaxágoras, «en todo hay una parte de todo».

Desgraciadamente, no se ha encontrado un punto de equilibrio. El enconado enfrentamiento político del Ayuntamiento de Vigo con la Xunta de Galicia ha encontrado un nuevo capítulo en la insularidad. Caballero no ha querido dejarlo pasar y enseguida lo ha sumado a la lista de agravios a la ciudad que atribuye a diario al presidente Feijoo. Hasta el punto de que ha acogido con los brazos abiertos a unos inesperados aliados: los vecinos de Ons.

Estos no quieren que su archipiélago sea patrimonio de la humanidad y apoyan al regidor vigués para que solo lo sean las Cíes. ¿Cómo es posible? Si a priori, a cualquiera le llenaría de orgullo y satisfacción el reconocimiento. Muy sencillo: los concesionarios (que no propietarios) de viviendas en la isla de Bueu no quieren restricciones. Efectivamente, sus intereses van por otro lado. No les gusta el cupo de visitantes para proteger el espacio natural. Lo que les gustaría es que siguiese fluyendo el turismo, continuar sacando rédito económico a unas casas por las que, además, no pagan ni recogida de basura ni tarifa eléctrica (diez horas diarias gratis).

Si ya es complicado hacer país con políticos que ni se sientan a dialogar, cuanto más lo es si no priorizamos el interés general. Sin consenso, lo de las Islas Atlánticas (incluidas las Cíes) es la historia de un naufragio.

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