Ya te digo, ya te vale


Se oyen todo el año. No saben distinguir entre oír y escuchar. Lo de escuchar no va con ellos. Pero no sé por qué en agosto parece que se nota mucho más. Más bien sucede todo el verano, meses propicios para que las inteligencias se diluyan casi del todo. Son esos seres lacónicos que contestan a todo con ya te digo o su variante de espectacular frondosidad, ya te vale. No hay más mensaje que rascar. Con lo rico, sabroso, jugoso, fecundo que es el español, ahí se plantan. Tú sueltas tu discurso más o menos deshilachado y ellos zanjan lo que hayas comentado con el súper poder de responder ya te digo. ¿Están contigo, están contra ti, están con alguien, les interesa algo? Les dices, a mí la película me gustó, aunque creo que mejoraría con menos (d)efectos especiales y más diálogos. Justo de lo que hablamos: más diálogos. En las películas de hoy se nota esa tendencia a la desaparición de la sustancia. Como en la política. En muchos filmes no hay guion que los sostenga. Se caen solos. Y el que fue tu compañero o compañera de sala te mira y te dice con los ojos enrojecidos por el esfuerzo de ver una película entera sin consultar el móvil diez millones de veces (si es que fue capaz): ya te digo. Las redes sociales con sus mensajes abreviados y sus disparates de corta distancia han conseguido además que el ya te digo o el ya te vale parezca una frase larga. No se trata de que las personas tengan que hablar como si estuviesen leyendo en voz alta uno de esos párrafos interminables de las novelas de Javier Marías, enlazados por un infinito de comas, pero sí echo de menos un poco más de emoción al comunicar sus mensajes. Y cuando hablo de emoción no me refiero a los emoticonos de los móviles. Esos dibujitos que, a través del WhatsApp, zanjan cualquier posibilidad de distinguirnos de los demás. Tampoco me pongo en plan complicado. No ando a la caza de que la gente cambie las simplezas por maravillas como ese adjetivo que escribió Lezama Lima en Paradiso y que es una genialidad que resume muy bien cómo me quedo tras un ya te digo: sonambúlico. Qué manera más maravillosa de describir con una sola palabra el estado del sonámbulo que camina entre la abulia y la melancolía de una situación que no sabe ni que está viviendo. Un poco como pasa en los tiempos que descarrilan de tanto correr. Necesitamos pausa y discurso. Algo más de discurso y menos relato de esos políticos vendedores de humo. Vamos a terminar todos sonambúlicos con la metralleta de la actualidad fusilándonos a todo meter, con la información o desinformación instantánea agobiándonos sin piedad. Total, tanto consumir series y pantallas para quedarnos sin palabras, sin batería, en blanco.

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