Nuestros mayores mueren solos


Desde el jueves llevamos cuatro muertes en soledad. Cuatro tragedias de las que los vecinos tardan en darse cuenta. Sucedió en Ferrol, en Ourense, en Viveiro y en Aguiño, pero podía haber pasado en cualquier concello de Galicia. O de fuera de la comunidad. Es la España sola emparentada con la España vacía. No llegan las residencias que hay, ni las públicas, ni las privadas. Ni las ayudas. Ante el envejecimiento de la población se han ido tomando medidas y se han dado pasos, pero la soledad aún es inmensa para nuestros mayores. Está el servicio del botón rojo de la Cruz Roja. Hay oenegés que comparten su tiempo con esos abuelos que no tienen quien les visite. Cualquier tiempo pasado junto a un abuelo es entrar en contacto con una enciclopedia en vida. Ya saben que cuando perdemos a una persona que ha conseguido sumar décadas y décadas de biografía es como si ardiese una biblioteca entera. Es terrible la experiencia y sabiduría que nos deja de golpe. No hay manera de paliar el desastre ni de atenuar el dolor. Dicen que el paso de los días, de los meses, del duelo. Pero lo que es durísimo es que algunos de nuestros abuelos mueran en el más crudo de los abandonos. Algunos son esas personas que se han ido quedando sin compañía, sin visitas, con familiares siempre demasiado lejos o lejanos. Señores y señoras ante los que habría que inclinarse y hacerles una reverencia, pero a los que solo les regalamos toneladas de distancia. Así se acostumbran a escuchar solo la televisión. El eco de la televisión que va taladrando sus cabezas. La sociedad, nosotros, podemos hacer mucho más por ellos. Tanto por sus últimos años como por la forma de vivir el desenlace, que es siempre el mismo y que nos encontrará a todos. Así es que el servicio de las unidades de Hospitalización a Domicilio es impagable. Está muy bien la intención de universalizarlas en Galicia. Ojalá suceda. Piensen en esos vecinos que cuando se cruzan con ustedes caminan con dificultad y miran al suelo. Piensen en que han dormido solos. Se han levantado solos. Han desayunado solos. Han ido tachando los teléfonos de los amigos que les quedaban. Se han ido quedando sin nadie. Un tsunami de soledad que crece y crece, mientras su salud viaja en dirección contraria. La cabeza, el cuerpo, se van minando y, cuando más débiles se van sintiendo, es cuando menos manos encuentran a su lado. Lo fácil es alejarse. No querer presenciar el declive de seres a los que tanto queremos. Pero no se equivoquen. Lo hermoso es poder abrazarlos hasta el último momento. Esos huesos son terciopelo puro, sobre todo cuando tienes claro que se están yendo. No llega con llamarles por teléfono. Vayan a verles. Estén con ellos. Tóquenlos. Huélanlos. Somos animales. No se pierdan por miedo ni la penúltima sonrisa. Eso es lo único que les ayudará cuando ya no estén y el vacío sea tan inmenso como si todos los océanos se hubiesen secado de golpe. Cuando su corazón se sienta como una esponja rota que se desangra de tristeza infinita. No aplacen ninguna visita. Nada es más importante que un rato con ellos. Si todos lo hiciésemos, esos sucesos que se multiplican en los periódicos y que ponen los pelos de punta descenderían. Que no mueran abandonados.

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