El problema no era el programa. Eran los ministerios. No tienen experiencia de gestión y necesitamos un Gobierno de los mejores. No caben dos Gobiernos dentro de uno... La lista de reproches -todos ciertos- no la firma Albert Rivera. Tampoco Pablo Casado. Ni siquiera el ultra Santi Abascal. Las tres primeras frases salieron por la boca de Pedro Sánchez en la tribuna del Congreso minutos antes de perder, otra vez, una votación de investidura.

Así escenificaba el líder socialista la ruptura pública de unas relaciones de conveniencia que ya estaban rotas desde la noche anterior. Pedro y Pablo se la tienen guardada desde el 2015. Sánchez, y los más próximos a él, no olvidan que el principal objetivo de Podemos desde su creación fue la de anular al PSOE y convertirse en el primer partido de la izquierda. La puñalada de Iglesias abortando el pacto del abrazo entre el socialista y Albert Rivera tras las elecciones del 2015 le costó a Pedro su particular destierro, desahuciado primero del Congreso -para no facilitar la investidura de Mariano Rajoy, ganador de las dos citas con las urnas en el 2015 y en el 2016- y luego de la dirección del partido.

El candidato socialista se cobró la primera parte de aquellas facturas pendientes la semana pasada. En prime time, antes del inicio de las bien remuneradas desventuras de la Pantoja en Supervivientes, curiosa paradoja, le dijo a Pedro Piqueras lo que todo el mundo intuía: «Pablo Iglesias es el escollo para el acuerdo».

Ganó el primer órdago con la retirada forzada del líder de la coalición morada. Pero el elefante, el pacto imposible con quien no sabía gobernar, solo quería los sillones y pretendía hacer un Gobierno paralelo, seguía en el salón principal de la Moncloa.

Sánchez sabía todas esas verdades que ayer enumeró en el Congreso desde el 26 de abril. Sabía, y sabe, que la espiral de gasto prometido es un anticipo de una quiebra, como lo fue el plan E de Zapatero. Sabía que la estabilidad de su Gobierno bonito no puede depender de quien no controla ni siquiera a sus diputados -véase el caso de la investidura de La Rioja o los amagos de Alberto Garzón y Jaume Asens de romper la disciplina del grupo-. Sabía que Iglesias no iba a renunciar a ponerle a prueba casi a diario. Y, aun así, quería gobernar con ellos. ¿Lo hará en septiembre?

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Y aun así quería gobernar