Los cines de los pueblos


Yo, como Rafael Alberti, nací con el cine. Exageraciones aparte, algunas décadas después, y siendo un niño curioso, descubrí en mi pueblo la magia feliz del cinematógrafo, y desde entonces milito en una cinefilia de la que soy adicto. Tres eran las salas que había en mi pueblo, en Viveiro, el cine Nemesio, el Moderno y el Basanta, años después sustituido por el Orfeo. Fueron mi recreo y la ventana abierta al mundo en cinemascope. Eran libros en fotogramas y banda sonora, fueron mi país de las maravillas. He visto películas a los ocho años de edad en la sesión infantil de los domingos que no tenían nada de cine para niños. Visioné decenas de veces El vampiro de Dusseldorf, Los crímenes de doctor Mabuse, o la película de animación Rebelión en la granja, sobre un texto de Orwell que era una clara apología del marxismo. Esas tres cintas debían estar en propiedad del cine Moderno, porque las repetían en una secuencia sin fin.

A las sesiones de los jueves y las de los sábados me incorporé con cierta precocidad. En mi etapa universitaria frecuenté con asiduidad las sesiones continuas que duraban toda la tarde, en las salas populares madrileñas, y antes de entrar en la adolescencia fantaseé con la posibilidad de que en los cines de la Gran Vía, durante el verano, tenían osos polares entre las butacas, como había visto en mi primer viaje a la capital de España cuando aun no había cumplido diez años y contemplé en la cartelería una ilustración de gran tamaño que, junto a un oso blanco, añadía claramente: «Local refrigerado». La historia de los plantígrados la comenté con mis amigos de entonces, ingenuamente crédulos.

Mi pasión por el cine, solo equiparable a la que siento por el circo europeo, clásico e itinerante, la llevé a una de mis novelas mas celebradas, El pabellón azul, donde los Barbagelata proyectan películas con su linterna mágica por los pueblos de Galicia.

Pero el entrañable cine de los pueblos está desapareciendo. En las dos últimas décadas cerraron uno de cada cuatro cines, pasando en veinte años de 952 salas a 720. Hace pocos días leí un SOS del empresario de los tres multicines de Viveiro, modernos y digitalizados, que estrenan las películas mas recientes, poniendo fecha de caducidad a las tres salas si no se remedia la merma de asistentes. Salvemos el cine de los pueblos. La pantalla se llena de vida cuando las luces se apagan y la historia que cuenta es solo para tus ojos. Nada que ver con el cine enlatado o el de la televisión. Una canción de Aute, que parafrasea a Calderón de la Barca, concluye afirmando «que toda la vida es cine, y los sueños cine son». Qué razón tiene.

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