Mientras la ONU camina hacia su total irrelevancia, relegada al papel de simple y pésima zurcidora de los descosidos que causan las grandes potencias, los belicistas profesionales, las hambrunas y las catástrofes cíclicas, y la falta de control de las guerras privadas que impulsan y pagan los grandes holdings mineros y energéticos o los pequeños señores de la guerra, un fantasma corporativo -irracional y prepotente-, llamado G20, recorre el mundo de pícnic en pícnic, bloqueando, «por motivos de seguridad», las ciudades -como Osaka- que no los quieren recibir, mientras los estados lo jalean, los medios de comunicación y las redes sociales lo analizan como si fuese una institución decente de la democracia global, y mientras los ciudadanos de cada país lo convertimos en un tribunal de méritos ante el que examinamos, también sobre asuntos internos, a nuestros propios políticos.
Sin embargo, y en contra de todas las apariencias, el G20 no es una institución democrática de derecho internacional, sino un club de ricos y prepotentes, o un cártel, formado por cooptación, que en algunos casos admite también a los más dictadores (como Rusia y China), a los que viven instalados en el fracaso cíclico (como Brasil y Argentina), y a algunos jefes de Estado y de Gobierno europeos que, en abierta contradicción con lo que significa la UE, acuden allí por separado, dispuestos a mendigar una foto de familia mal avenida o un saludo apresurado que, según ellos piensan, los meterá en la historia.
En las últimas ediciones también hay lugar, ¡faltaría más!, para tomar un cafecito con Kim-Jong-un, o Netanyahu, o algún jeque teocrático, o cualquier gamberro madrugador que pasa por allí. Porque los que de verdad están excluidos son los pobres, las migajas del peor colonialismo, los que son explotados y violentados para alimentar el progreso tecnológico, los azotados por las dictaduras, el terrorismo, las guerras de religión y los genocidios, y los que, aunque les vaya bien, no pueden o no quieren formar parte del gobierno ilegítimo, caprichoso y paralelo del mundo.
Con todo, lo peor del G20 no es su falta de legitimidad democrática; ni la imposición de sus conveniencias al resto del mundo; ni el servir de marco a las ficticias guerras personalistas y caprichosas que libran, a costa de todos y en contra de todos, la China de Xi Jinping, los Estados Unidos de Trump y la Rusia maniobrera de Putin; ni el hecho de que todos sus acuerdos se queden en papel mojado el mismo día en que se firman. Lo peor es que gracias al G20, y a los otros «Ges» que a conveniencia se reúnen, es que han servido para mandar al trastero de la historia a todos los organismos internacionales -también al que dirige el casi invisible Antonio Guterres- para lograr que el mundo se gobierne como en la Alta Edad Media, a base de mamporros y caprichos y a beneficio del capador que más chufla.
Y mientras todo esto sucede, y decide nuestro mundo, nosotros seguimos hablando de Vox y de Otegi, como si fuésemos de otra Galaxia.