El G20 y el desorden internacional

Xosé Luis Barreiro Rivas
Xosé Luis Barreiro Rivas A TORRE VIXÍA

OPINIÓN

Los líderes del G20 aplauden tras posar para la foto de la familia, de la que Trump salió rápidamente
Los líderes del G20 aplauden tras posar para la foto de la familia, de la que Trump salió rápidamente LUDOVIC MARIN

Mientras la ONU camina hacia su total irrelevancia, relegada al papel de simple y pésima zurcidora de los descosidos que causan las grandes potencias, los belicistas profesionales, las hambrunas y las catástrofes cíclicas, y la falta de control de las guerras privadas que impulsan y pagan los grandes holdings mineros y energéticos o los pequeños señores de la guerra, un fantasma corporativo -irracional y prepotente-, llamado G20, recorre el mundo de pícnic en pícnic, bloqueando, «por motivos de seguridad», las ciudades -como Osaka- que no los quieren recibir, mientras los estados lo jalean, los medios de comunicación y las redes sociales lo analizan como si fuese una institución decente de la democracia global, y mientras los ciudadanos de cada país lo convertimos en un tribunal de méritos ante el que examinamos, también sobre asuntos internos, a nuestros propios políticos.

 Sin embargo, y en contra de todas las apariencias, el G20 no es una institución democrática de derecho internacional, sino un club de ricos y prepotentes, o un cártel, formado por cooptación, que en algunos casos admite también a los más dictadores (como Rusia y China), a los que viven instalados en el fracaso cíclico (como Brasil y Argentina), y a algunos jefes de Estado y de Gobierno europeos que, en abierta contradicción con lo que significa la UE, acuden allí por separado, dispuestos a mendigar una foto de familia mal avenida o un saludo apresurado que, según ellos piensan, los meterá en la historia.

En las últimas ediciones también hay lugar, ¡faltaría más!, para tomar un cafecito con Kim-Jong-un, o Netanyahu, o algún jeque teocrático, o cualquier gamberro madrugador que pasa por allí. Porque los que de verdad están excluidos son los pobres, las migajas del peor colonialismo, los que son explotados y violentados para alimentar el progreso tecnológico, los azotados por las dictaduras, el terrorismo, las guerras de religión y los genocidios, y los que, aunque les vaya bien, no pueden o no quieren formar parte del gobierno ilegítimo, caprichoso y paralelo del mundo.

Con todo, lo peor del G20 no es su falta de legitimidad democrática; ni la imposición de sus conveniencias al resto del mundo; ni el servir de marco a las ficticias guerras personalistas y caprichosas que libran, a costa de todos y en contra de todos, la China de Xi Jinping, los Estados Unidos de Trump y la Rusia maniobrera de Putin; ni el hecho de que todos sus acuerdos se queden en papel mojado el mismo día en que se firman. Lo peor es que gracias al G20, y a los otros «Ges» que a conveniencia se reúnen, es que han servido para mandar al trastero de la historia a todos los organismos internacionales -también al que dirige el casi invisible Antonio Guterres- para lograr que el mundo se gobierne como en la Alta Edad Media, a base de mamporros y caprichos y a beneficio del capador que más chufla.

Y mientras todo esto sucede, y decide nuestro mundo, nosotros seguimos hablando de Vox y de Otegi, como si fuésemos de otra Galaxia.