Galicia, la aldea gala


La soberbia tradicional de los británicos es legendaria, o genética para ser mas precisos. Baste recordar la noticia publicada el pasado siglo por el Times londinense, tras desatarse una terrible galerna en el canal de la Mancha, que tituló: «Tormenta en el canal, el continente aislado». No es solo que los automóviles que circulan por sus carreteras y las del resto de la Commonwealth lleven el volante a la derecha, o el secular desprecio que a lo largo de los siglos han manifestado por los españoles, ni que las borrascas que nos visitan tan frecuentemente se originen el la Gran Bretaña lo que me pone siempre alerta con sus estrafalarias manifestaciones.

Y ha sido el ex ministro de Exteriores británico y aspirante a premier, Boris Johnson, ferviente defensor del brexit, quien ha declarado sorprendido que «hay pueblos gallegos remotos que tienen acceso a la velocidad de la luz a todas las glorias comerciales y culturales de la web», y añadía en contraposición que existen «ciudades enteras en Gran Bretaña donde la gente se está volviendo loca por la frustración». Y una vez más desde fuera nos siguen viendo como la aldea gala de Asterix, donde el druida Panoramix sigue removiendo su poción mágica en la que se bañó Obelix.

Pues si, señor Johnson, los gallegos gozamos de wifi y disfrutamos de Internet en nuestras ciudades, pueblos, villas o aldeas y apostamos, aunque con irregulares resultados, por la modernidad que nos haga mas competitivos y mas libres y aleje la foto fija de un país envuelto en la niebla de la historia.

Mi simpatía por los ingleses se reduce a su literatura. Sigue intacta mi admiración por Shakespeare, Dickens, Austen, Orwell, Wolf, Byron o Stevenson, siento respeto por la figura de Churchill y a quien de verdad celebro afectuosamente es sin duda a sir John Moore, aquel soldado inglés enterrado en el coruñés jardín de San Carlos, donde pasé tardes inolvidables los domingos en que, desde el internado de los Maristas, rendía excursión vespertina junto a las niñas de la Compañía de María y las internas de las Josefinas. Yo creo que en aquel jardín marino y umbrío aprendí a enamorarme.

Y vuelvo al origen y también me sorprendo de la sorpresa del duro abanderado de la eurofobia, y al contrario de como concluyen las aventuras de Asterix y Obelix, cierro este artículo proclamando que «estos británicos -en el original eran romanos- están locos». Y nos envolvemos orgullosos, los gallegos, en nuestra banda ancha de la que no pueden presumir los ingleses. Y llega el verano a nuestras aldeas galas navegando Internet.

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