De enaguas y pantalones


Si tuviera que escoger uno de los cuentos de Emilia Pardo Bazán me quedaría con Feminista. No es el mejor (El encaje roto o Las medias rojas son superiores), pero el regusto que deja en el lector es inigualable. Trata de una pareja, él un hombre bastante mayor, ella, Clotildita, «mona, bien educada y sin posición ninguna», a la que los padres dan «gustosos» en matrimonio. Se casan y a la mañana siguiente a la boda, al despertar la novia, oye que él, entre imperioso y sonriente, le manda que se ponga sus pantalones. Aunque atónita, imaginando que se trata de una broma de luna de miel, ella obedece. Y aquí viene lo que le dice él: «He querido que te pongas los pantalones en este momento señalado para que sepas, querida Clotilde, que en toda tu vida volverás a ponértelos. Que los he de llevar yo, Dios mediante, a cada hora y cada día, todo el tiempo que dure nuestra unión, y ojalá sea muchos años, en santa paz, amén. Ya lo sabes. Puedes quitártelos».

Pues bien; pasa el tiempo y él cae enfermo. Como es de esperar, la mujer le cuida con abnegación. Pero he aquí que un día es ella quien le pide a él, ahora débil e impedido, que se ponga sus enaguas. Cuando él pregunta por qué, ella contesta lo siguiente: «Para que sepas que las llevas ya toda tu vida, mientras yo sea tu enfermerita, ¿entiendes?».

Estamos tan acostumbrados a escuchar todos los días en el telediario un nuevo caso de violencia machista que hemos empezado a normalizar el horror, a asumirlo como un mal inevitable. En el caso de Galicia, la violencia de género sigue aumentando y, según los datos estadísticos difundidos recientemente por el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia y recogidos por el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial, solo en el primer trimestre de este año los juzgados han tramitado 1.736 nuevas denuncias. Aunque sea de celebrar que, también según el informe del Poder Judicial, Galicia se encuentre entre las comunidades del conjunto del Estado con una de las tasas de violencia de género más bajas, no se puede bajar la guardia. Hay que ir a la raíz del asunto, no quedarse con la estadística, sino comprender que, como en el relato de Pardo Bazán, seguimos ante un problema de tipo estructural, un pensamiento patriarcal en donde la mujer cumple ciertos roles. Después del tsunami que abrió los ojos al mundo en el 2018, no debería haber ningún hogar en España en el que hombres y mujeres sigan pensando en términos de pantalones y enaguas.

Por Cristina Sánchez-Andrade Escritora y premio Sor Juana Inés de la Cruz de la FIL

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