Cuarenta y pico de mayo


Prorrogamos el refrán popular y pasamos la barrera del cuarenta de mayo para disponernos a quitar el sayo. Los fríos siguen instalados en las llamadas temperaturas benignas, hay aguaceros dispersos, la nubosidad variable se ha instalado sin tener prisa en irse, y el verano se resiste a pasar algunas semanas entre nosotros.

El anticiclón de las Azores anda por los países escandinavos, desplazado como un turista crucerista confundiendo los fiordos con las Rías Altas, y volviendo locos a los finlandeses con temperaturas que rozan los treinta grados en el mes de junio.

La sabiduría popular nos aconseja que «hasta el día de San Juan, no te quites el gabán», y por algo será que aleje de impaciencias al sol que mas calienta, que ya tendremos motivos para quejarnos del calor y las calores.

El tiempo es un recurrente motivo inevitable de conversación en los ascensores urbanos, no hay otro dialogo con nuestro vecinos, mientras subimos o bajamos, que un «vaya tiempo que hace» como frase lapidaria, o el socorrido «¡que calor!» cuando la estación lo aconseja. Y confundimos de forma habitual tiempo y clima, ignorando con frecuencia que el tiempo son las condiciones atmosféricas que se dan en un determinado momento, mientras que el clima son los valores medios de las condiciones meteorológicas. El tiempo es la foto fija de un día, el sol matinal o el orballo mientras cae la tarde. El clima son los recuerdos de un verano en el que, por ejemplo, fuimos felices coleccionando atardeceres.

Pero lo cierto es que últimamente ya no valen las formulas convencionales ni las recetas de estación, el clima anda revuelto, vagando, perdiéndose entre cambios que anuncian chorros y corrientes, temperaturas inéditas del agua de las costas, deshielos preocupantes en los glaciares del Ártico y reajustes inéditos en ambos polos del norte y del sur.

Claro está que nos estamos cargando el armónico equilibrio de la Tierra, nosotros somos los únicos responsables del cambio climático que avanza sin pausa posible, y, mientras continuamos asombrándonos por la doméstica inestabilidad de los sucesivos cuarenta de mayo, evitamos poner algo mas que parches a los remedios que aguarda la naturaleza, la mar y la tierra, y el cielo donde continúan asomándose las estrellas.

Y uno recuerda aquellos veranos sin sorpresas, pautados, en los que todos los días eran soleados, y el calor llegaba despacito para quedarse instalado en los julios recordados y en los agostos añorados. No había isobaras rebeldes y desconocíamos las corrientes del Golfo y los fenómenos meteorológicos del Niño y de la Niña, que atravesaban el Atlántico haciendo travesuras.

En mi pueblo, en Viveiro, había un bar que, inaugurada la época estival, anunciaba en su escaparate en un cartel que «Ya vendrá el verano», y lo mantenía vigente en su vidriera hasta bien entrado el otoño, cuando lo retiraba.

Y como no se consuela quien no quiere, no puedo pasar por alto la versión del escritor Joan Gomis, que modificó el refrán que encabeza este artículo formulando que «hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo… y si el tiempo es importuno, hasta el cuarenta de junio». Ustedes verán.

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