Hay pactos que oscurecen la escena


La idea -actualmente obsesiva- de que la política es diálogo y pacto solo se sostiene si se reconocen dos premisas. Que las elecciones pueden arrojar resultados muy difíciles de gestionar en orden a la buena gobernación democrática. Y que los pactos que se firman deben combinar esos resultados para generar una racionalidad subyacente que el electorado no supo o no quiso determinar. Porque si los acuerdos se hacen por pura casuística, o por puro tacticismo, sin atender a la gobernabilidad; o si su resultado complica -en vez de aclarar- el panorama electoral, en vez de en diálogos y pactos nos metemos de verdad en tertulias y chalaneos.

En la España de hoy solo existen dos líneas de pacto capaces de aclarar y racionalizar el panorama político. La que podrían suscribir el PSOE y Ciudadanos, para crear una mayoría estable, coherente, capaz de legislar y gobernar, alejada de los extremos populistas, y con filosofía extensible a la práctica totalidad de las instituciones y territorios. Y la que, tratando de formar una alternativa de derecha, también coherente y estable -PP, Ciudadanos y Vox-, podría poner cerco a la debilidad electoral del PSOE, demostrar la vulnerabilidad y el peligro de los pactos incongruentes -PSOE, Unidas Podemos, PNV, independentistas, batasunos y confluencias-, y correr el riesgo de buscar una solución de gobierno -todavía utópica-, en detrimento de la que, siendo ya posible, también es asumible y realista. La clave para operar en estos escenarios es, obviamente, Ciudadanos, que, al precio de limitar sus ambiciones a ser la bisagra del sistema, debería abandonar la peregrina idea de sustituir al PP, para dedicarse en cuerpo y alma a restaurar la racionalidad esencial del sistema de partidos, hacerle un enorme bien al país, y recuperar los mínimos de coherencia política que le eran propios hasta el 2016, y que en esta batalla están quedando a la altura del betún.

Pero los pactos que se están haciendo no van por ahí. Porque no le dan al PSOE la victoria que no obtuvo en las urnas, ni le permiten al PP situarse en el escenario como una futura alternativa, ni generan cuatro u ocho años de estabilidad política para resolver los problemas estructurales del país. Tras el error de meter tres procesos electorales en el mismo paquete, cuyas líneas de pacto se contradicen y dispersan, lo que nos va a quedar son tres cosas temibles: un PSOE que tiene la obligación de gobernar pero no puede; un Rivera que ya no sabe si es de izquierdas, de centro o de derechas, y un PP debilitado, pendiente de socios poco fiables, obligado a esperar su turno, y sin poder hacer casi nada para acortar su regeneración y su retorno al poder.

La situación que va a quedar después de los pactos en curso, referida específicamente a la gobernabilidad del Estado, va a ser peor aún que la que salió de las tres recientes elecciones. Porque, también en democracia, el hecho de dialogar y pactar sin rumbo ni cabeza no sirve para nada bueno, y puede servir para mucho malo.

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