Lo que para muchos es símbolo del encanto de la vida rural, para el propietario de unos apartamentos turísticos ubicados en la localidad de Soto de Cangas se ha convertido en «una auténtica pesadilla». Así introducía la noticia un diario asturiano haciendo referencia a un enfrentamiento entre un paisano del Concejo de Cangas de Onís, en Asturias, y un empresario turístico de la zona. Según parece, los problemas comenzaron a finales del 2017, cuando el empresario puso en marcha los apartamentos rurales Camino Picos de Europa. «Los gallos cantan a todas horas e incluso les tengo que dar tapones a mis clientes, pues no pueden descansar por las noches debido al ruido y algunos optan por marcharse», explica el propietario, por lo que solicita el cese inmediato de la actividad de los gallos.
En sentido contrario, el paisano aludido sostiene que gallinas y gallos estaban ahí antes que la casa que acoge los apartamentos y no entiende que en un área rural no se pueda tener un gallinero: «Empezarán por las gallinas, seguirán por los perros y no sabemos qué será lo siguiente», exclama asombrado. La cuestión es tan absurda que continúa con un nuevo episodio, si cabe, más alucinante: la medición del ruido de las gallinas. Un grupo de técnicos del Principado realizó mediciones y dictaminó que el ruido era de 72,4 decibelios durante momentos de la noche, claramente superior al permitido. Es el equivalente al ruido que provoca un tren circulando a nuestra vera. ¡Vaya gallinas!
Vamos a ver. Puede que las gallinas hagan ruido, incluso que su intensidad se aproxime a la de la circulación de un ferrobús, pero lo que es un auténtico despropósito es que el hombre tenga que eliminar el gallinero porque molesta a los turistas. Con esa misma lógica, es de esperar que cuando el paisano de las gallinas se acerque a Oviedo, o a Madrid, se pare el tráfico porque el ruido no le deja dormir.
Lo sorprendente de la historia es que unos tipos que quieren ir a tomar contacto con el rural protesten porque cantan las gallinas, se quejen del olor a estiércol o de las picaduras de insectos, como ya ha ocurrido. Yo mismo he visto a unos turistas en Piornedo, en Os Ancares, indignarse porque al amanecer los perros ladraban cuando los vecinos se dirigían a segar la hierba; por cierto, se marcharon sin pagar la habitación. En fin, la única ventaja de todo este embrollo es que ya no hará falta que busquemos en Soto de Cangas el clásico tonto del pueblo: con los turistas que protestan por las gallinas ya vale.