Tal para cual, y Huawei por el medio


EE.UU. y China están ajustando cuentas. Si tuviéramos que utilizar un símil deportivo diríamos que EE.UU. gana 1-0 al gigante asiático. Por el momento. Pero aún queda mucho partido. La última vez que Donald Trump se reunió con Xi Jinping fue en diciembre en la cumbre del G-20, en Argentina, delante de una parrillada de solomillo regada con vino Malbec. La cautela imperó en ambas delegaciones, pero no hubo acuerdos. Lo único que se sacó en limpio fue la concesión de Xi Jinping de «controlar» los envíos ilícitos del fentanilo, un opioide, a los EE.UU. tras instarle Trump a ello. La próxima cumbre del G-20 se celebra en junio, en Japón, y Trump y Jinping se reunirán de nuevo para seguir ajustando cuentas.

Mientras tanto, los norteamericanos han apretado el acelerador. Después de una bajada de impuestos histórica, llevan tres años y medio creando empleo (el desempleo es del 3,8 %) y aumentando salarios que duplican la inflación (el aumento salarial medio es del 3 %). China, por el contrario, ya no crece en dos dígitos sino al 6 %, y eso supone pérdida de empleo. Al tratarse de una economía muy intervenida necesita insuflar capital público a las empresas, lo que limita su crecimiento. De no ser por la intervención del Estado, la economía real china crecería muchísimo menos.

Así las cosas, Trump ha apretado las clavijas subiendo los aranceles a las importaciones de China un 25 % (unos 250.000 millones de dólares) y bajo la amenaza de sancionar a los países que intenten comprar el sistema 5G de telecomunicaciones que desarrolla la empresa Huawei. La fiscalía americana imputa a esta empresa por robo de tecnología a la estadounidense T Mobile y por espionaje.

Estamos, por tanto, ante una situación que definiríamos como tit-for-tat; es decir, en castizo, «tal para cual». Los dos países son adversarios temibles en unas negociaciones: los americanos porque en cuestiones mercantiles son rocosos e inapelables y los chinos, confucionistas y pacientes, mantienen incólume su conciencia de superioridad cultural. En el fondo, miran a los occidentales como «bárbaros» carentes de refinamiento, educación y sutileza. Y a los occidentales nos desconciertan con su peculiar estilo de negociación.

A los americanos no les falta razón porque las reglas del juego no son las mismas. Piden menos dumpin, menos tarifas, más transparencia y más libertad de comercio para las empresas extranjeras que operan en China, así como respeto a la propiedad intelectual. China actúa de otra forma: libertad de comercio, sí, pero para sus productos que vende fuera. En su mercado interior, de libertad nada. Es una pura fortaleza proteccionista donde el Estado está supeditado al poder de los comunistas del PCCh. Por eso ellos pueden esperar tiempos mejores. Xi Jinping tiene garantizado su mandato per sécula seculórum, y en EE.UU. los presidentes son elegidos cada cuatro años. Romper el sistema económico básico de China supone separar al Gobierno de su intervencionismo empresarial. Esto, hoy por hoy, no es posible. Y Trump no tiene tiempo suficiente para hacerlo.

Por Luis Grandal Periodista y profesor de Periodismo Internacional en la Universidad Carlos III

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