Hubo un tiempo que ya resulta lejano, en los inicios de la Transición, cuando el ejercicio de la democracia era todavía una asignatura pendiente, en el que las campañas electorales para los nuevos ayuntamientos consistían en la instalación en las parroquias del concello de un punto de luz, y, en el peor de los casos, en un camión de grava para parchear caminos y corredoiras.
Los alcaldes todavía no se habían quitado la casaca blanca de delegados locales del Movimiento y la camisa azul no se ocultaba en el guardarropa de las primeras autoridades municipales.
Eran frecuentes en los municipios pequeños de la Galicia costera, y muy singularmente en los del interior, las actitudes caciquiles de alcaldes que se habían adueñado literalmente del cargo, que, por añadidura, incluía el pueblo que administraban.
De perfil más reaccionario que conservador, nombrados por el gobernador civil de turno, fueron sobreviviendo al franquismo residual y la democracia fue corrigiendo con sus mecanismos electorales su presencia en multitud de concellos.
Algunos consiguieron perpetuarse por un tiempo concurriendo a los comicios bajo el amparo de unas siglas. UCD, Alianza Popular o CDS se nutrieron en muchos casos de los restos del naufragio del municipalismo personalista.
Disponían de una importante red clientelar, una sólida maraña en aldeas y parroquias formada por los llamados alcaldes pedáneos que actuaban legalmente como testaferros del poder local, auténticos hombres de confianza del alcalde, y que aportaban, en principio, el temor de una vigilancia parapolicial de facto, y luego la función de recaudador de votos puerta a puerta. Eran altamente eficaces, y nunca defraudaron la lealtad exigida.
No ha cambiado mucho en los pequeños pueblos la política del punto de luz y del camión de grava. Se han sofisticado las dádivas y se ofrecen otras mercancías más ambiciosas. A mi siempre me recordaban las campañas políticas de Pérez Jiménez en Venezuela, cuando se hacía acompañar en sus giras electorales de un par de camiones de uralita que iba donando en los barrios cercanos a Caracas, en las bidonville de los ranchitos, para que sus habitantes pudieran tener un techo nuevo.
Ahora, aprovechando el retraso culposo de los planes generales de urbanismo, los puntos de luz son en ocasiones las adecuaciones a las normas urbanísticas de los años setenta del pasado siglo, posteriormente modificadas pero todavía, en muchos casos, vigentes.
Nuestra democracia cuarentona es afortunadamente muy sólida y aquellos tiempos que hoy traigo a este artículo no son ni la sombra de lo que han sido.
La demanda más o menos unánime es hoy la aspiración de los concellos con más de 10.000 habitantes de construir en sus municipios un palacio de congresos, como en los noventa fueron los pabellones polideportivos, que brotaron por pueblos y ciudades como hongos tras las lluvias de otoño.
Quizás sean los nuevos puntos de luz que repartían a mansalva los ediles por el rural, iluminando la llegada democrática a las aldeas y parroquias que salían de una oscuridad congénita, atávica. Quizás.