El desvarío de la geometría variable

dpa

Como «hemos pasado del Siglo de las Luces al del relumbrón» (El Roto dixit), todos los movimientos del Gobierno en funciones sobre futuros acuerdos partidistas no serán hasta después de las municipales más que meros juegos de artificio. Ahí debe inscribirse esa (ir)real ronda de consultas de Sánchez con Casado, con Rivera y con Iglesias, cuyo único objetivo es lanzar el mensaje electoral de que el primero es un estadista abierto a hablar con todo el mundo y los otros tres unos resentidos, que devolverán la infinita generosidad del presidente dándole patadas en la boca.

Por tanto, y a la espera de los resultados del día 26, tanto Sánchez como su indescriptible ministra portavoz se mantendrán en el mantra de la geometría variable cada vez que alguien pregunte sobre la gobernabilidad de España. La idea, claro, como entretenimiento, es tentadora: al igual que las alas de los aviones que alteran su configuración dependiendo de las condiciones del vuelo, un Gobierno sostenido en la geometría variable iría pactando con las diferentes fuerzas presentes en la Cámara en función del asunto que quisiera sacar adelante en cada caso.

Presenta, sin embargo, tal geometría un problema nada despreciable: que para que las alas de un avión se adapten al vuelo necesitan antes sostener el aparato. Y al igual que es imposible que un Boeing 747 vuele con las alas de una avioneta bimotor, tampoco parece que Sánchez pueda gobernar sin una mayoría estable con el apoyo de ¡123 diputados!, la mayoría minoritaria más corta que ha existido nunca en el Congreso. Rajoy alcanzó los 137 en el 2016 y ya hemos visto su final: moción de censura al canto y a su casa. González, tras las elecciones de 1993, y Aznar tras las de 1996 cerraron, con diferente resultado, pactos estables de gobierno, pese a contar, respectivamente, con 159 y 156 diputados, a gran distancia en ambos casos de la actual mayoría socialista.

Pero hay algo más, que escapa a la aritmética: la pretensión sanchista de mantener un Ejecutivo estable con 123 diputados, y una política de geometría variable, supone partir del principio falso, y soberbio, de que el único partido que tiene intereses es el PSOE y que los demás estarán dispuestos a facilitarle, no ya la investidura, sino también la labor de gobierno para que todo le vaya bien y siga creciendo a costa suya. Tal creencia resulta pasmosa en el caso de un político cuya ambición de poder fue la responsable, primero, de la repetición de unas elecciones generales, tras aquel célebre «no es no» que le costó a Sánchez la rebelión de su partido; y, luego, de una moción de censura que alumbró el Gobierno más breve de nuestra reciente historia democrática.

Que quien actuó con tal grado de irresponsabilidad institucional pretenda ahora gobernar sólo ¡con 123 diputados! mediante el truco de la geometría variable prueba que la victoria le ha provocado un grave desvarío.

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