Sánchez, entre la baraka y la necesidad


Nunca un presidente de Gobierno con menos apoyos parlamentarios disfrutó de unas horas tan gozosas. Porque ningún presidente salió de unas elecciones generales con el módico respaldo de 123 diputados, pero fue celebrado como si hubiera obtenido la mayoría suficiente. Y no era para menos: la distancia con el siguiente aspirante fue tan grande que hizo resplandecer su victoria. Los años transcurridos desde el último triunfo electoral de su partido lo convertían en auténtico salvador de la socialdemocracia. La prensa europea lo saluda así, como uno de los salvadores de esa ideología. Se consolida como un gran dirigente porque tiene el máximo mérito que debe tener un político: ganar elecciones. Y mirando al futuro, nada sugiere que algún día pueda triunfar una moción de censura contra él. La ausencia de líder alternativo y el miedo de los separatistas a la derecha actúan como un blindaje de su mandato.

Eso es lo que en fútbol se llama la suerte de los campeones y en política se llama la baraka. Y Sánchez, de momento, la tiene. A su derecha, una serie de partidos de ideología parecida, pero enfrentados entre sí y que luchan por el liderazgo de su bloque. A su izquierda, una sopa de letras encabezada por Unidos Podemos que piden entrar en su Gobierno. Y en la periferia, unas fuerzas nacionalistas dispuestas a pedir un precio inasumible por su apoyo, pero que prefieren a Sánchez antes que a cualquier otro presidente. Sospecho que su estado de ánimo se parece mucho al que se vio la noche electoral: el hombre que da saltos de alegría como los dio Rajoy en el balcón de Génova en una de sus noches de gloria.

¿Qué le falta ahora al señor Sánchez? Una vez demostrada su maestría para derrotar a gran parte de la opinión publicada, su habilidad para diseñar una buena campaña y una sonrisa que disimula sus puntos débiles, solo le falta demostrar categoría de hombre de Estado. Tiene que tener previsto que es inevitable un escenario de desaceleración económica y quizá de recesión y ha de hacer una política económica sin populismos que nos salve de una crisis como la pasada. Tiene que buscar un gran consenso nacional para afrontar la cuestión catalana con audacia, porque esa será la gran prueba política de su mandato. De momento, el respaldo que este domingo obtuvo el PSC indica que ganó algún respeto en Cataluña. Y tiene que cuidar como oro en paño el valor que tanto predicó: la convivencia. Mucha convivencia se rompió o se deterioró en la campaña. Si es cierto que hablará con todas las fuerzas políticas, recomponer relaciones y crear un clima de diálogo es su segunda obligación. La primera por orden cronológico es hacer un Gobierno que dé a España tranquilidad y estabilidad.

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