Santiago, de 20 años, no se rindió hasta entrar en Medicina: «Hacer una FP fue la mejor decisión para cumplir mi sueño»

ALEJANDRO CASTILLO / S.F.

YES

Santiago Gutiérrez en A Coruña
Santiago Gutiérrez en A Coruña MARCOS MÍGUEZ

El camino de Santiago. Tras el duro golpe de no entrar en Medicina y sentirse perdido, hizo una FP y, dos años más tarde, ha entrado a la facultad para cumplir su sueño de ayudar a salvar vidas.

29 jul 2026 . Actualizado a las 16:07 h.

Existen momentos en la vida de un estudiante en los que el futuro parece cerrarse de golpe. Santiago Gutiérrez Anllo (Culleredo, 2006) siempre había soñado con ser médico. El primer obstáculo que se encontró en el camino fue a sus 17 años, esa etapa en la que todos los adolescentes deben tomar decisiones trascendentales con una madurez que aún se está construyendo. A diferencia de otros compañeros con vocación temprana, en su casa no había médicos ni enfermeros. Su única referencia era su tía, técnica de rayos. A pesar de esa atracción constante hacia el mundo sanitario, su rendimiento académico durante la ESO y el bachillerato no encajaba con los exigentes estándares que requiere el acceso directo a las universidades de España. «De pequeño decía: “¡Quiero ser médico, quiero ser médico!”. Pero cuando me di cuenta de que no iba a llegar a eso, ya empezaba a decir: “No, me gusta Enfermería”. Normalmente, primero apuestas por Medicina, pero Enfermería siempre es el plan B, y me daba vergüenza decir lo que quería hacer porque pensaba que no iba a llegar», señala.

En el 2024, el día que se publicaron las calificaciones de la Proba de Acceso á Universidade (PAU), la realidad se impuso de forma contundente. Su nota final, un 10,550, fue insuficiente para las notas de corte tanto en Medicina, que obtuvo un 12,900, como en Enfermería, cuya nota más accesible en Galicia se situó en un 10,830 en la Escuela Povisa de Vigo. «Cuando vi esa nota me di cuenta de que no me daba para ninguna. Fue una decepción enorme y muy difícil de encajar. Me afectó tanto que la gente me veía de capa caída. Una semana después sufrí un accidente de moto... Fue como estar alienado, como no ser tú mismo», relata con pesar.

Cuando Gutiérrez daba el curso académico por perdido y asumía la idea de buscar cualquier empleo provisional, mientras se preparaba de nuevo para la selectividad, la intervención de su madre abrió una vía alternativa: la Formación Profesional (FP). «Mi madre había tenido una compañera que estudió Enfermería a partir de un ciclo formativo superior. Cuando vio que no había entrado en nada, se informó un poco, porque yo la verdad ni me lo planteaba», relata. Después de esa conversación, solicitó una plaza en el Grado Superior en Imagen para el Diagnóstico y Medicina Nuclear en el centro integrado de formación profesional (CIFP) Ánxel Casal de Monte Alto (A Coruña). Al ser una opción con alta demanda, tuvo que esperar en lista de reserva durante todo el verano hasta ser admitido a finales de septiembre del 2024.

VENCER PREJUICIOS

En un principio, condicionado por los prejuicios habituales sobre la FP frente a la universidad, temió estar retrasándose respecto a sus compañeros. «Cuando entré, creí que serían dos años perdidos, pero a medida que iba avanzando me di cuenta de que estaba aprendiendo asignaturas que me acercaban a la Medicina». Gutiérrez cuestiona la idea preconcebida de que el trabajo del técnico de rayos o, en general, de que los contenidos de los ciclos superiores carecen de complejidad. «Existe el cliché de que el trabajo de un técnico de rayos se reduce a colocar al paciente y pulsar un botón. Sin embargo, estos dos años han supuesto una formación exigente, altamente especializada y con un nivel de complejidad técnica que va mucho más allá de esa visión simplista», sostiene. De hecho, en algunos países, esta titulación equivale a una carrera universitaria. En el sistema de acceso a la universidad desde la FP, la nota media del expediente del ciclo sustituye a la calificación del bachillerato, por lo que el margen de error es prácticamente nulo. «El primer año tuve un 8,6 de media y no me alcanzaba. En el segundo fue cuando me di cuenta de que tenía que sacar 10 en todo o no entraba», explica.

Este proceso de exigencia coincidió con muchos otros cambios en su vida, como irse a vivir solo: «Aprender a convivir conmigo mismo, con mis defectos y con el aislamiento que requiere el estudio fue lo que me permitió superar esta etapa». También el sostén emocional de su entorno resultó fundamental. «Cuando mis amigos veían que llevaba una semana sin escribir porque estaba encerrado estudiando, Sofía o Hugo, unos de mis mejores amigos, me mandaban un mensaje o me invitaban a tomar un café... Saber que tienes a alguien detrás apoyándote es algo invaluable». La fase de prácticas en el entorno hospitalario terminó de sellar su vocación. Su primer día se colocó el chaleco plomado, acompañó al técnico y fue directamente al quirófano de traumatología. A sus 19 años, verse dentro de un hospital integrado con el personal médico le provocó un impacto profesional y personal imborrable: «Es una experiencia que me voy a llevar conmigo siempre, porque fue impresionante estar codo con codo con compañeros sanitarios pudiendo ayudar a personas y tratando con gente que lo estaba pasando mal».

Ante la falta de información clara sobre cómo acceder a la universidad desde la FP, Gutiérrez tuvo que investigar por su cuenta el sistema de convalidaciones de la selectividad y la fórmula exacta para calcular su nota final. En un nuevo intento, el momento de la verdad llegó mientras cumplía con su turno de prácticas en la sala de resonancia magnética del hospital: «Me fui al baño a mirar las notas en el móvil. Cuando vi las calificaciones que me hacían falta, me quedé mirando al techo pensando: Dios, menos mal, lo he conseguido. Fue un alivio enorme». Con una nota final ponderada de 12,980, superó la nota de corte provisional fijada en un 12,840. Tras formalizar su matrícula, iniciará las clases en la Facultad de Medicina de la Universidade de Santiago de Compostela (USC).

A pesar de haber logrado su objetivo, no duda en señalar las carencias del sistema de acceso a la universidad en España. «Creo que no es un sistema justo. La selectividad en Galicia es de lo más exigente y resulta chocante competir por plazas en tu propia comunidad con alumnos que proceden de sistemas de evaluación con criterios distintos. Si competimos en igualdad para cualquier universidad española, deberíamos tener exactamente la misma prueba y las mismas condiciones», señala. También valora positivamente los acuerdos de desentralización que permitirán a los estudiantes cursar los tres últimos años en A Coruña o Vigo. Echando la vista atrás, valora la experiencia obtenida durante este proceso: «Hacer estos dos años fue la mejor decisión de mi vida, aunque la decisión fuese forzada en su momento. Ahora no solo sé que quiero dedicar mi vida a la Medicina, sino que llego con una madurez que antes no tenía».