La suerte no está echada

OPINIÓN

27 abr 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Una democracia tiene calidad cuando sus electores, además de disponer de una buena arquitectura jurídica, son llamados a responder preguntas muy concretas mediante la selección de opciones claras y suficientes. La calidad democrática también se evalúa con otros parámetros como los modelos de información, las libertades de expresión y reunión, la práctica de un voto universal, libre, directo y secreto, y una alternancia en el poder derivada de los resultados electorales. Pero, dado que la democracia lleva en su nombre y esencia el protagonismo de los ciudadanos -el demos, decían los griegos-, ninguna democracia puede funcionar si la gente no conoce el sistema, no tiene información suficiente para operarlo, no entiende las preguntas que se le plantean o no tiene claros los objetivos que necesita alcanzar.

Desde esta perspectiva es evidente que los españoles hemos disfrutado de una alta calidad democrática entre 1977 y 2014, que nos permitió hacer la transición, modernizar el país y generar tanto bienestar social y económico, además de superar problemas tan graves como el terrorismo, los golpes de Estado o las crisis económicas. Pero, desde esa misma perspectiva, también se me antoja evidente que, desde hace cuatro años -cuando la crisis económica nos enfrentó visceralmente con nuestro sistema y empezamos a dar palos de ciego en busca del paraíso terrenal-, hemos perdido algunas orientaciones básicas para el funcionamiento del sistema, hasta sumirnos en un proceso de bloqueos e ingobernabilidad que nublan seriamente nuestros horizontes.

Los españoles ya no buscamos -como antes- los gobiernos capaces y rigurosos que con frecuencia encontrábamos, sino ejecutivos débiles, muy condicionados por un multipartidismo de tendencia populista, de los que luego desconfiamos en todos los frentes y en todas sus manifestaciones. La política de hoy es vista -al igual que sus protagonistas- como un problema, o una plaga, que tenemos que soportar, y esa es la razón por la que, en vez de darle poder e instrumentos para que nos gobiernen adecuadamente, sólo le pedimos que no nos estorben las utopías igualitarias que constituyen nuestro improvisado y subconsciente ideal de felicidad.

Como consecuencia de ese gran cambio cultural, nuestro sistema ha dejado de generar gobiernos estables y con alta capacidad de gestionar, en una dinámica que, aunque seguimos viviendo en un ambiente próspero, pacífico y bien dotado de servicios, nos ha sumido en una extraña sensación de fracaso e injusticia que, incapaz de optar por la revolución o la estabilización del sistema, nos tiene completamente despistados sobre lo que puede suceder mañana. Pero la política no es una suerte -alea non jacta est-, ni un destino fatal. Y por eso vale la pena dejar de soñar en paraísos inciertos, para ponernos a buscar quién nos pueda gobernar. Porque, si no nos echamos una mano a nosotros mismos, sólo nos queda la desesperada advertencia de Celso Emilio: «Nunca virá de fora remedio ou esperanza».