Suponía un gran esfuerzo pero decidió estudiar medicina en la tierra de sus abuelos y acabó la carrera brillantemente, sacó el MIR y ejerce de facultativo especialista del Sergas.

Hace pocos años regresaron también sus padres acorralados por el desastre chavista. Su padre -militar de carrera- no fue capaz de acatar la orden de disparar sobre población civil y cambió el uniforme oficial por el mono de obra; su madre renunció a la plaza de profesora universitaria para fregar las escaleras de un mundo mucho menos infernal que la quimera bolivariana.

Su ahijada, que tanto la admiraba y cuya ilusión vital era seguir sus pasos, se esforzó para obtener unas excelentes calificaciones que facilitaran su acceso. Pero al llegar a Galicia y comenzar el bachillerato se encontró un obstáculo añadido con el que no contaba: el idioma. El tiempo que le llevó aprender gallego y su dificultad de comprensión en las clases hizo que los esfuerzos realizados no fueran suficientes para mantener la nota de corte y acceder a Medicina.

A pesar de tantas renuncias y dificultades, la familia bendice su suerte, pero todavía queda la angustia de unos abuelos que malviven en Caracas haciendo colas eternas para conseguir algo de comer de forma inmediata, porque cualquier acopio resulta inútil ante la falta de suministro eléctrico que hace que ningún alimento perecedero aguante lo que dura una cola para un anciano.

Es una historia más de los millones que se están escribiendo en un país que nos acogió como hermanos, que reconoció y se sirvió de nuestros méritos sin trabas localistas ni miradas recelosas, que generó riqueza en su tierra y en la nuestra.

Toda emigración es dolorosa, pero mucho más si se suma el desagradecimiento de tu propia familia.

Habrá que pedir perdón.

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