Predicciones de Pascua


Bíblicamente, las consecuencias del cambio climático son el relato de un nuevo Calvario. En la Semana Santa del siglo XXI se confunde lo sagrado y lo profano, mezclando santos con gin-tonics y pasiones con porrones; lejano queda aquel ramadán morado donde no se comía carne y en la televisión solo ponían pelis de romanos. Hoy son días de estampidas low cost y procesiones turísticas mirando al cielo y maldiciendo el cambio climático. 

Ahora que no hay dios que matar y que es la ciencia la que revela la verdad; ahora que nos hemos desacompasado del ritmo del planeta, apostatado del cosmos y perdido el respeto a la historia; ahora, a muchos les da por volver a consultar a los astros. ¿Estamos locos? Me temo que no.

Los que más se colgaron observando los planetas y más admiraron el zodíaco -conjunto de las doce casas en las que entra el sol a lo largo del año- fueron los asirios. Cada casa, cada signo, estaba regido por un dios que se encargaba de gobernarlo en su período de presidencia. Cada semana tenía también su estrella/diosa consejera. Los planetas eran machos y hembras. Los asirios fueron quienes comenzaron a tomarse muy en serio la posición que tenía la Tierra con respecto a una constelación a la hora de adivinar el destino del hombre, a estos pronósticos los griegos los llamaron horóscopo. Pues horóscopo o ciencia, ambos coinciden en que nos estamos cargando el planeta.

Los humanos, más que una andancia, somos un cáncer para la Tierra, células malignas que, al desarrollarse, destruyen todo lo que invaden. Afectamos órganos vitales de nuestro entorno sin citostático capaz de detenernos. Nos comportamos como células Killer que asesinan hasta que ya no queda nada que destruir y luego se mueren perplejas en el vacío.

James Lovelock hablaba de Gaia como un sistema autorregulado, y alertó de las consecuencias de agredirla de esta manera, pero la cuestión no va destruir el planeta, sino a nosotros mismos. A Gaia le da igual lo que hagamos, cambiará lo que tenga que cambiar y creará nuevas formas de vida aunque sea sin hielos, ni árboles, ni grandes simios. Entendido así, el cambio climático no es una amenaza para el planeta, sino más bien un suicidio colectivo. Una expresión más de esa pulsión de muerte que Freud descubrió en nuestro software mental hace años. O a lo mejor estamos creando el relato mítico de la futura Semana Santa en la que quien muere y resucita para perdonar nuestros pecados sea Gaia y no el dios cristiano; o a lo mejor es que son lo mismo. Saldremos con los pies por delante y nadie que nos cante una saeta.

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