Gracias, México

OPINIÓN

28 mar 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

López Obrador exige al rey de España y al papa de Roma que pidan perdón por la conquista de México y las atrocidades cometidas por Hernán Cortés. Me sumo a la demanda y aún añado, como gallego, alguna reclamación más a Felipe VI o a quien corresponda: que me pidan perdón por la doma y castración de mi reino, como denunció Castelao. O por la Enciclopedia Álvarez que presentaba a Pizarro y Cortés como héroes a imitar; y al duque de Alba, el hombre del saco o el coco que aun aterroriza a los niños holandeses, ejemplo de españolidad. O por haber inundado mi infancia con novelas de Estefanía y películas de vaqueros que retrataban la noble causa del genocidio de los indios americanos. Que me pidan perdón los romanos porque torcieron mi destino, me robaron los ojos azules y el pelo rubio del niño celta que iba a ser y me pusieron a escribir en un latín degenerado. A cambio, como hombre, pediré perdón a todas las mujeres que durante milenios arrinconamos en el desván de la historia. Y como blanco, pediré perdón a todos los negros que arrinconamos en las bodegas de los barcos negreros.

 Me temo que si empezamos a intercambiar disculpas no nos llegarán las 24 horas del día. Porque la historia de la humanidad, como en el título de Borges, es la historia universal de la infamia. La historia de la barbarie, solo atenuada por algunos destellos de dignidad que nos reconcilian con el ser humano. Si eso es así, su conocimiento debería servirnos de advertencia para no repetir las atrocidades de hace cinco siglos. Para rechazar, pongo por caso, todas las formulaciones del colonialismo y, por lo tanto y sobre todo, el neocolonialismo de guante blanco que se reviste de maneras civilizadas. Pero nunca para tergiversar o mitificar los hechos con propósitos políticos: a los aztecas o mayas de hoy, estoy seguro, les interesa mucho más el pan, la libertad o el muro de Trump que el simbólico y extemporáneo juicio histórico a Hernán Cortés.

 La historia debe servir también para recuperar, como modelo de conducta, las páginas más edificantes. Y el México de Lázaro Cárdenas nos ofrece alguna que conmueve las fibras del alma: la travesía del Sinaia, el barco que transportó a 1.599 exiliados españoles: soldados derrotados, civiles de toda condición y oficio, mujeres y niños, y un nutrido grupo de intelectuales. Al avistar la costa mexicana, el poeta Pedro Garfias expresó en verso la emoción que embargaba los corazones transterrados: «Como en otro tiempo por la mar salada / te va un río español de sangre roja, / de generosa sangre desbordada... / Pero eres tú, esta vez, quien nos conquistas / y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!».

Por eso, este español que no cree en las virtudes teologales del perdón, un concepto que atufa a religión monoteísta y casa mal con la justicia. Este español que prefiere utilizar términos como restitución, reparación o incluso, como Séneca, clemencia, no pedirá perdón por un capítulo inicuo de la historia. A cambio, expresará su infinito agradecimiento a México. Al México de Lázaro Cárdenas.