Meadita en la catedral


Uno de los grandes placeres de vivir en Santiago es atajar por la catedral. Buscar cualquier excusa para toparse con ella y convertirla en una calle más. Sentirse una pequeña gota de sangre en esas arterias por la que han discurrido tantas personas, tantas cosas. Y comprobar cómo en ese rico torrente se mezclan vecinos y peregrinos, religiosos y ateos, estudiantes y jubilados. Pero alguien (concretamente alguna, por lo que se puede concluir por la referencia a su propia anatomía) ha decidido convertir la catedral en un simple muro de la vergüenza, un cartel de pintadas obscenas, una vulgar pizarra de desbarres chabacanos, el papel higiénico de sus frustraciones. Ni siquiera importa el contenido, que no merece ni mención. Pero como si hubiese escrito sonetos de Shakespeare, los mejores versos de Rosalía, pasajes de Cervantes o la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No. Nada justifica esta explosión de ego que acaba liberándose vía espray. ¿Cuál es el mecanismo mental que lleva a herir esas piedras que tanta gente ama? «Yo es que soy la más reivindicativa. Soy la más agitadora. La más republicana. Soy la más, a secas. Tengo un feminismo que no puedo con él, como una catedral de grande. Y os vais a enterar».

En realidad, el acto en sí es muy de machito, de jefe de líder de la manada perruna que marca el territorio: el objetivo es dejar ahí la meadita, que quede el rastro maloliente un buen rato, que todos noten que yo estuve allí. No es feminismo, transgresión, protesta. Es esa mezcla de ignorancia y atrevimiento que caracteriza a los más grandes idiotas. Los idiotas con causa.

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