La dialéctica de Entroido y Cuaresma

OPINIÓN

PASCAL ROSSIGNOL

04 mar 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

La palabra paganismo la inventaron los cristianos en la segunda mitad del siglo IV, cuando su religión ya se había asentado en los ambientes urbanos y en los círculos más cultos y refinados del Imperio, y el politeísmo -que era una religión muy tradicional, y no un laicismo agnóstico y progresista- quedó relegado al hábitat rural más aislado y a las personas poco instruidas que lo cultivaban. En su significado actual, que los yuppies usan profusamente estos días para elevar el tono cultural de sus carnavaladas, el término pagano lo usa por primera vez Valentiniano I en una disposición dictada en el año 368. Y, frisando ya el siglo V, el historiador galaico Paulo Orosio nos dejó la primera definición académica de «aquellos que practican la religión de los campesinos o de las tribus remotas», en la que a los que pagani vocantur se les denominaba rústicos. 

Lamento defraudar a los que pensaban que Virgilio, Tito Livio, Horacio, Cicerón, Séneca u Ovidio figuraban en la nómina de los paganos. Porque todos ellos eran personas religiosas, o muy religiosas, que practicaban un culto politeísta y sincrético que apenas conocía una décima parte de los dioses -mayores, menores, oficiales, familiares, de provincias o fabricados a demanda-, susceptibles de ser invocados en el grandioso Panteón de Agripa. Y por eso me temo que nuestro Entroido de hoy, reinventado, extendido y engrandecido a la sombra de la cultura cristiana, depende mucho más de la Cuaresma, que le pone fecha y le da su radical sentido de ruptura y contradicción, que de una mentalidad antigua que el cristianismo volatilizó de la misma manera que los volcanes derriten la nieve. Donde hay Entroidos poderosos y de estética desbordante, como en Venecia, Río o Tenerife, todo lo que se ve es reciente, comercial, domesticado y artificioso. Y donde quedan Entroidos presuntamente ancestrales solo tienen de pagano lo rústico, lo elemental y, con frecuencia, lo cutre.

En las sociedades tradicionales, el atractivo del Carnaval estaba en los excesos y las rupturas, que, en contraste con el ascetismo de la Cuaresma, cobraban una dimensión que ya no nos es comprensible. Pero en la sociedad de hoy -donde los excesos son la norma, y las rupturas se hacen en los parlamentos, las cátedras, los medios de comunicación y las pasarelas de París-, el Carnaval es, nunca mejor dicho, un juego de niños que, uniformados de paletos en los colegios del Estado, intentan ser lo que ya no somos y lo que a que a nadie motiva.

El problema de fondo es que, desde hace más de mil años, ya no puede haber Carnaval sin Cuaresma. Y esa es la razón por la que todos los progres, que decidieron alimentar el Carnaval para hundir la Cuaresma, están condenados a ver cómo -cuando pasen dos o tres décadas- se hundirá el Carnaval y quedará la Cuaresma. ¿Por qué? Porque lo rupturista de hoy es ayunar, abstenerse de carnes -crudas o cocidas, y vivas o muertas-, y hacer el Viacrucis. Porque la carnavalada convive con nosotros todos los días del año.