Defender el pequeño comercio


Dan luz, vida y humanidad a nuestras villas y ciudades. Comparados con Apple o Amazon son ínfimos. Pero desde su pequeñez se enfrentan al Saturno de la economía y a lo largo de los años han creado más puestos de trabajo que todas las industrias que subvencionamos con nuestros impuestos: desde el automóvil a las eléctricas, por no citar los bancos, que aún nos deben unos miles de millones de euros. Te hablan cara a cara y ponen su imaginación en marcha para que tú no te marches, aunque lo hagas, inconscientemente, sin saber que cada vez que utilizas el comercio electrónico estás clavando una daga en las calles de tu diminuta ciudad, cada vez más vacías. El comercio local se muere, esa es la verdad. Y los gobiernos de turno miran hacia otro lado. Este, especialmente. Siempre ha sido así. La izquierda llega al poder y, ensimismada, sube los impuestos. Hablan siempre de los impuestos a los ricos, pero en el trayecto son los pobres quienes más pagan sus ansias de recaudación fiscal. Autónomos y pequeñas empresas pagan y pagan y pagan. Ellos no poseen las ingenierías contables de las que gozan los polifemos que están acabando con nosotros. Hablo de las empresas de Internet, que son las que más facturan del mundo. Los de Amazon te venden libros y tú los compras. Los de Facebook saben todo de ti y manosean tu intimidad, lo que votas, compras, incluso sientes. En Google tienes a tu disposición, por ejemplo, lo que publican los periódicos: noticias, firmas, análisis. Los periodistas y los columnistas trabajan sus textos, los cobran, y los gigantes de Internet los ofrecen gratuitamente. Quieren acabar con nosotros y no podemos consentirlo. Nos devoran. Y cuando en verdad empiece a dolernos ya será demasiado tarde.

Las autoridades competentes, más bien incompetentes, no pueden mirar hacia otro lado. Es preciso que legislen con rigor a favor de la vida y en contra de este mundo virtual que nos deshumaniza e incomunica, a pesar de las apariencias, y destruye nuestras economías. Las grandes empresas de Internet deben pagar céntimo a céntimo allí donde obtengan sus beneficios. Y en lugar de proteger a las macrofábricas, protejan a los pequeños negocios. Porque ya no se puede tolerar ni un minuto más esta situación agónica. Hemos entrado en su juego y quizá ya no podemos salir. Yo confío. Porque disfruto comprando la prensa de papel todos los días, y los libros en la librería de la esquina, y la ropa en mi pueblo, y los destornilladores en la ferretería de siempre. Prefiero el dependiente que me mira a los ojos y no los destellos de la pantalla del ordenador. La piel a las cenizas de las redes sociales. La Voz, con mayúscula y minúscula, a los silencios de las falsas noticias que la red colecciona. Me niego a la derrota de la humanidad. Y por eso, sin complejos, defiendo lo pequeño.

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