Arañazos


Todo lo que les voy a contar es rigurosamente cierto -salvo nombres y descripciones- ocurrió de esta manera, en esta misma ciudad y en este mismo invierno párvulo.

 El doctor levantó con cuidado la sábana verde que cubría la pierna hasta dejarla desnuda; una pierna delgada, deshidratada por la edad y la enorme inflamación que circundaba un orificio lleno de pus.

¿Con qué se hizo esto señora? -preguntó el médico-. Adela tenía ochenta años de cara redonda y labios finos que al sonreír dibujaban unos hoyuelos cubiertos de arrugas marítimas. Miraba con los ojos azul acuoso de la vejez cubiertos por unas cejas a dos aguas.

Fue Misuko, el gato -respondió- ¿Lo tiene vacunado? ¿Había atacado anteriormente? El gato está perfectamente cuidado y no, nunca me atacó, Misuko es un animal equilibrado.

Pues en esta ocasión no ha sido nada dócil ¿Vive usted sola señora? Sola hace veinte años, con Misuko llevo diez. ¿Se ha deshecho del gato?

Adela giró la cabeza burlando unas lágrimas y musitó, jamás, eso nunca. Cumplen veinte años que vivo sola acompañada de la falta de Ricardo que lo fue todo para mí; suena a tópico, pero ocurre a veces. Hasta que lo pierdes no te das cuenta que incluso lo que más detestabas de él, es lo que más echas en falta, nada tiene sentido si no se puede compartir; así es mi vida, una colección de rutinas sordas y solitarias. Durante los últimos años Misuko ha sido lo único que me ha ayudado a vivir, su lengua rasposa ha sido bálsamo, confidente y compañía. ¿Por qué la atacó?

Desperté temprano agitada por los mismos sueños de siempre, encendí la luz de la mesilla de noche y miré su retrato, la foto es de unos meses antes de irse, se le ve un hombre fuerte y lleno de vitalidad.

Miré mis manos arrugadas y repletas de manchas que no reconozco y de pronto me sentí vieja. Sentada en el sillón de la salita comencé a escalar con la mirada las librerías, la mesa del comedor, el reloj de cuco, la bola de nieve de Praga… No recuerdo nada más, no sé cómo llegué hasta el balcón, lo único que sentí fue un fuerte dolor en la pierna izquierda.

Misuko maullaba de forma frenética y me clavaba todas sus uñas en la pierna arrastrándome hacia el interior del salón cuando mi cuerpo se precipitaba al vacío. El resto es esta herida.

Todos los mamíferos sentimos las mismas emociones seas un guardia suizo, un gato o una ballena; todos sentimos algo muy parecido, solo que únicamente el homo sapiens puede nombrarlos -pensó el galeno-.

Algunos más que otros, respondió Adela.

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