Callejón sin salida


El diálogo es siempre una estrategia adecuada, en la vida y en la política. Pero tiene dos límites: la voluntad y el tiempo. No puede haber diálogo si una de las partes no lo quiere, ni la deliberación se puede eternizar porque en la espera el problema a resolver se puede gangrenar. Tal es la situación a la que hemos llegado en Cataluña. Los independentistas no tienen voluntad real de diálogo. Nunca la han tenido. Porque tienen un único objetivo: tratar de imponer su idea, que no es la de los catalanes, sino la de una parte, minoritaria, de los catalanes. Buscan un imposible, y pretenden hacerlo desde la tergiversación de la realidad, la manipulación de la verdad, el chantaje permanente y la deslealtad más absoluta.

Con tal interlocutor, el diálogo está inevitablemente condenado al fracaso. Bueno es intentarlo. Y volver a intentarlo. Pero no se puede prolongar indefinidamente. Una vez constatada la evidencia, es imperativo cambiar la estrategia, porque de lo contrario uno se convierte en rehén o, aún peor, cómplice de quien solo pretende el sometimiento incondicional del otro. Ya sea por convencimiento, ya sea por necesidad, o por una mezcla de ambas razones, Pedro Sánchez se ha dejado arrastrar por los independentistas hasta el precipicio. El Gobierno de España no puede dar ni siquiera la apariencia de que coloca a un Gobierno autonómico a un nivel de legitimidad de la que constitucionalmente carece. No es que no pueda hacerlo en la práctica, es que no debe dejar abiertas puertas por las que se puedan colar los independentistas para hacer ver lo que no es. Aunque sea falso. Porque maestros como son en el arte de la mixtificación, de todo se apropian para seguir engañando a propios y extraños e incluso a sí mismos. Y, aún peor, para extender su delirio por todas las rendijas del tejido social, político e institucional.

Esta es la gran culpa de Sánchez, haber permeabilizado fronteras que deberían ser estancas. Aunque PP y C’s están tergiversando interesadamente el asunto del relator, el caso es que Sánchez les ha dado la munición al haber mezclado desde el Gobierno el plano de las relaciones institucionales y el de los partidos. Y en esa mixtura desaparece el Parlamento, que es el espacio político por antonomasia, donde está representada toda la sociedad. Marginarlo es excluir a una parte de la sociedad.

Acosado por todos los flancos, a Sánchez ya solo le queda la salida de convocar elecciones. Cuanto más se retrase, mayor será el desgaste, para él y para el país. Con una oposición que no tiene reparo en combatir el fuego con más fuego sin importarle que con ello arrase los pocos puentes que ya van quedando en pie. En la alocada carrera entre ellas, las fuerzas de la derecha están radicalizando sus mensajes -una cadena de exabruptos más que un discurso racional- hasta un nivel de extremismo insoportable y difícilmente sostenible. Así que entre unos y otros están llevando a España a un peligroso callejón sin salida.

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