Crónica de la ciudad petada


La consigna era «petar Madrid». Dicho en castellano antiguo, que no pase «naide». Y así se situaron por más que le dolía a la ciudad. Al amanecer, el Paseo de la Castellana estaba teñido de blanco pero los copos eran taxis, dicen que algunos llegados de Portugal. Había tantos, que no dejaban correr al viento. Los sufridores habían hecho cálculos casi matemáticos, de campaña militar, para adivinar cómo podrían llegar a sus destinos. Los partes de tráfico aconsejaban el uso del transporte público. Las madres dejaban a sus niños en el autobús escolar sin la seguridad de que llegarían al colegio. Los jefes de personal de las empresas consultaban con la autoridad qué hacer con todos los que habían fichado tarde. Era la ciudad casi petada.

En las alturas, las autoridades se echaban la culpa. El presidente de la Comunidad, que es del PP, empujaba al delegado del Gobierno, que es del PSOE, a mandar los guardias a despetar la calle. El delegado le respondía que la culpa es del presidente, que no consigue una solución. Supongo que el ministro Ábalos esbozaba la sonrisa de su pequeño triunfo por haber derivado el problema a las autonomías. Era una huelga en el transporte, que es su sector, pero el conflicto estaba aguas abajo.

Y llegaron los guardias en su misión imposible: lograr que los cientos o miles de taxis abandonaran el escenario del lío. Y llegaron las grúas, que consiguieron cargar unas docenas de coches. Y los guardias, cuerpo a cuerpo, nada de porras, nada de pelotas de goma, contenían con sus manos la riada de taxistas. Eran, con perdón, como los marineros que trataban de contener con sus manos el fuel del Prestige a la entrada de la ría. La resistencia se refugiaba en su grito: «Somos taxistas, no somos terroristas». A un hombre se le escuchó que tenía 57 años, un respeto, y dos hijos. Y los megáfonos soltaban «ni un paso atrás», mientras los guardias empujaban la corriente a cuerpo limpio. Fueron tres horas de batalla sin cargas ni detenciones, que los taxistas son otra cosa, mayores y con hijos. Solo están en la guerra del taxi. Y después, el escrache de Génova, con algún taxista militante que quemó el carné: todas las culpas para el PP. En el campo de batalla quedaron las preguntas: qué importa más, el derecho de manifestación o el de circulación; quién pagará las consecuencias, el taxista por la impopularidad sembrada, o las VTC, que son las agredidas; quién tiene la solución salomónica que no condene a un sector a la ruina, y quién paga las indemnizaciones al perdedor, que las habrá que pagar. Esto último es lo único que tiene respuesta: como siempre, las pagaremos usted y yo.

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