Europa se refugia en la prudencia


La Unión Europea confiaba en que España fijase la posición común, o al menos la propuesta de posición común, sobre Venezuela. Pero ante la actitud dubitativa y timorata del Gobierno español, ayer Berlín y París decidieron entrar en escena y presionar para que se adoptase ya una política, la que fuera. El hecho de que Washington y Londres ya se hayan pronunciado claramente al respecto (ambos han reconocido a Juan Guaidó como presidente legítimo) deja de nuevo en evidencia la lentitud y los titubeos que lastran siempre la política exterior común de la UE. Pero en este caso la culpa recae principalmente sobre España. En Europa no se entienden la dudas de Madrid en esta cuestión, en la que se supone que debería tener las ideas muy claras. Al fin y al cabo, fue un español, José Luis Rodríguez Zapatero, quien encabezó durante dos años la mediación entre el Gobierno chavista y la oposición venezolana. Y quizás ahí esté el problema: la actitud de España parece una continuación de aquella mediación de Zapatero, fracasada en gran parte por la inexperiencia y el poco peso específico del mediador, pero también porque se basaba en un modelo intelectualmente perezoso, el trillado ejemplo de la transición española: la integración de la oposición en las estructuras del régimen con una promesa de alternancia. Está claro que en el caso de Venezuela el régimen no tenía ninguna intención de permitir esa alternancia y Zapatero acabó ayudando a dividir a la oposición y apuntalar a Maduro, consciente o inconscientemente.

La propuesta española y europea vuelve a ir por ahí: una transición ordenada sin ruptura. Que Maduro convoque elecciones o se reconocerá a Guaidó. Pero, aunque se fijará un plazo, se insiste en que no se trata de un ultimátum, lo que deja claro que España, y con ella Europa, simplemente, no se atreven a dar el paso de forzar una crisis. En parte es por convicción: si hay que sancionar económicamente a Venezuela, el pueblo sufrirá más. Pero sobre todo es un deseo de quitarse de en medio con la excusa de la prudencia. Porque lo cierto es que la crisis ya existe: o Guaidó es el presidente encargado o es un golpista, o Maduro es un usurpador o es el presidente legítimo. El término medio ya no es posible, dejó de existir cuando la Asamblea Nacional fue sustituida por una Asamblea Constituyente sin base legal. Si la UE hubiese querido mostrarse prudente y moderada, su exigencia podría haber sido esa, por ejemplo: la restitución del poder legislativo a la Asamblea Nacional. Pero pedirle ahora a Maduro una convocatoria de elecciones es dejar, de momento, a toda la oposición fuera de la ley. La consecuencia es que la UE renuncia a ser un actor en esta crisis. Ese vacío lo llenará Estados Unidos, con lo que el riesgo de confrontación violenta va a ser, en realidad, mayor, y potencialmente más devastador. En política internacional, no siempre la prudencia es lo más prudente; a veces, para evitar males mayores, hay que hablar más claro

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