Podemos nunca fue un proyecto político, sino un intento de aprovechar el movimiento social de los indignados -muy espontáneo y confuso- para llegar al poder. Pablo Iglesias, principal artífice de la hazaña que fue Podemos, era consciente de ese origen, pero estaba seguro de que, si le hincaba el diente al sistema, y se hacía con una parte significativa de su poder, tendría tiempo y oportunidades para organizar, desde arriba, un verdadero partido. Sabedor, además, de que los movimientos sociales son efímeros, centrífugos y obsesivos, el politólogo de la Complutense formuló su programa como un «asalto al cielo», porque era consciente de que, si no lo conseguía al primer intento -entre 2014 y 2016-, todo su sueño se convertiría en agua de borrajas.
Iglesias fue audaz y visionario, y no estuvo lejos de cumplir con éxito sus objetivos. Incluso hubo un momento en que, de acuerdo con un estudio que hemos publicado en el 2015 tres profesores de Santiago y Granada (REIS, nº 39, pp. 67-93), el electorado de Podemos obtuvo un nivel de transversalidad que parecía desmentir las canónicas sentencias que habíamos dictado contra su modelo. Pero nadie es perfecto. Y Pablo Iglesias no se percató de que hay dos cosas que, por no explicarse bien en las facultades, solo se aprenden con la práctica, lo que hace aconsejable salir del arrabal de juventud para preguntarles a los mayores. No se enseña, primer tema, que el crecimiento por aluviones, que es imprescindible para asaltar el cielo, crea organizaciones muy plurales en lo ideológico y en lo político, enormemente inestables, muy propicias para producir la hipertrofia y la banalidad de sus liderazgos, y muy propensas a que el primer roce de los otrora descamisados con el poder, el dinero y los nuevos roles sociales genera ambiciones incontrolables.
Y tampoco se enseña, segundo tema, que, cuando se hace evidente que el cielo está muy lejos, y que hay que programar por décadas, surge la tentación del «sálvese quien pueda», y el desorden empieza a predecir, con la terrible sonoridad del terremoto que se anuncia por las fallas, la dura quiebra de la racionalidad y de los postureos orgánicos. Y todo empieza a desmoronarse.
El conflicto desatado por Errejón -el mejor de los podemitas, y el único que es consciente de que España no puede confiar su destino a ideas, estéticas y movimientos antisistema-, acaba de sumergir en una crisis crónica a la franquicia de Pablo Iglesias e Irene Montero, que, deteriorada antes en todos los territorios y confluencias, se irá desmoronando lenta y tristemente al estilo de Izquierda Unida, hasta que veamos a sus últimos líderes pegados como lapas a ese chupete político que los equipara -observen si no a Garzón- a las envidiadas castas que decían combatir. Quizá por eso, porque Podemos presagia un fiasco, la gente -ese conjuro al que Pablo Iglesias confiaba su milagro- vuelve a mirar -erróneamente- hacia atrás, ansiosa de una seguridad que nadie le garantiza.