En uno de esos ataques de pulcritud, desapareció aquella historia mil veces leída del escarabajo (escararriba) al que una araña le tejía un jersey de colores. De aquellas noches que se cerraban con el cuento, tan solo me quedó durante años un recuerdo: el de un ladrillo hecho casa a la luz de la luciérnaga. Mientras tanto, me entretuve desenmarañando los misterios con los que se iban tropezando los Hollister. ¡Canastos! Todavía me emociona ese naranja de las tapas duras. Busco en todos los parques un Árbol del Ahorcado y debajo al Orejones, al Imbécil y a Manolito Gafotas. Entre las páginas se han conservado las Flores radiactivas. Me volví presocrática, cínica y nihilista atravesando El mundo de Sofía. Al lado oscuro me asomé en la estación del Zoo del Berlín de los 70. Alguien me cogió de la mano para transitar por El sueño de Alejandría, pero No digas que fue un sueño. Aún tiemblo cuando enumeran Las personas del verbo, y al bajar la mirada, entre los dedos todavía quedan algunas Hojas de hierba. Confieso que La historia de mi máquina de escribir debería contarla otra persona. Si tienes Lo que hay que tener, el mejor modo es A sangre fría. Todavía se oye el Aullido al estar En el camino. Y los besos mantienen el sabor de Rayuela. Así que no. El caos de un millón de mundos no se domina con el número 30. Marie Kondo, treinta libros en cada estante. En cada mesa.