El vigor de la UE


De repente, y ante lo que hoy está sucediendo en el mundo, muchos analistas se han puesto a hablar de la Gran Depresión del 29, de Hitler, de la II Guerra Mundial, del Plan Marshall, de la Guerra Fría, etcétera, como si vislumbrasen en ese pasado algo que pudiera repetirse en nuestro futuro. De hecho, sus reflexiones se alimentan de todo lo que ha estado ocurriendo últimamente: las actuaciones de los chalecos amarillos en Francia (que han debilitado al presidente Macron), el atasco del brexit, la creación de un ejército propio en Kosovo, el desborde de las reglas del Estado de derecho en Hungría y Polonia, y, ¿cómo no?, los peligros que encarna por sí mismo el atípico, insolidario y caprichoso Donald Trump al frente de los Estados Unidos de América. 

A todo ello se suman Rusia y China, beligerantes a su modo y que, antes o después, acentuarán lo que ya llaman «la defensa internacional de sus intereses».

¿Sirve esto para avalar las actuales preocupaciones de muchos de nuestros intelectuales? Tal vez sí, desde la observación de las coincidencias de hoy con algunas circunstancias del pasado, pero me parece excesivo el celo en señalar las supuestas concomitancias, como el riesgo de repetición de una tragedia. Porque los años 30 tenían unos antecedentes (la Primera Guerra Mundial) que hoy ya no figuran en el censo de las venganzas pendientes. No cabe, pues, deslizarse por el terraplén de las repeticiones históricas…, aunque de la Historia siempre haya que extraer lecciones provechosas.

Porque no está mal conocer y repasar el pasado, pero sin hundirse bajo el peso de ciertos parecidos, que ni siquiera lo son. La Unión Europea es la gran creación que corrige cualquier similitud con conflictos anteriores, de corte decimonónico. Está fuera de lugar la actual desconfianza de algunos intelectuales respecto de su futuro, lo cual no quiere decir que no haya que cuidarla y defenderla de modo que se agrande y fortalezca.

La respuesta de la UE debe seguir la senda trazada hasta ahora, es decir, avanzar en las reformas, afirmar y desarrollar los compromisos y no ceder a la parálisis ni al estancamiento. El verdadero peligro sería dejar de creer en el proyecto, sin tener nada mejor a la vista.

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