Otro cuento de Navidad

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

Conchita se fue de casa en mayo de 2006, un día después de que el Gobierno Zapatero interviniera Fórum Filatélico, una entidad que llevaba operando veintiséis años con el visto bueno de las autoridades competentes e incompetentes, con equipo de baloncesto, regatas y sonrisas de los reyes en múltiples eventos. Ya no podía más. Todo a su lado era una ruina. Se fue y a él le quedó la esperanza de que algún día volvería. Por eso le dijo que le enviase su dirección y prometió que le escribiría comentándole cómo iban las cosas, las suyas y las del país. Era un cenizo. Todo lo que tocaba lo convertía en polvo. Incluso a Conchita, su mujer. Se fue, orillando el Sena, porque no lo soportaba. A París. Él le escribió a un correo postal que ella le había facilitado. Así durante estos años, sin pausa. Nunca obtuvo respuesta. La tristeza lo envolvió como papel celofán y, cuando llegaban los otoños, tenía que agarrarse a los antidepresivos como a la tabla salvavidas del Titanic. Un psiquiatra le recomendó que escribiese sus pensamientos, bellamente, porque la literatura suele funcionar como terapia en los seres fracasados como él. Eso dijo: fracasado. No parecía un método eficaz para curarse. Sin embargo, le hizo caso. Pero él no era escritor. No pasaba de la primera página de mil imposibles libros. Otro fracaso que añadir a sus encontronazos con el destino. Pensó, harto de todo, en abandonar este mundo. Harto de Aznar, y después de Zapatero, y de Rajoy, y del jugador de baloncesto, Sánchez, que le parecía el peor de los mandatarios de la historia de España, incluidos Carlos II y Fernando VII. Harto ya de estar harto, como una canción. Especialmente de encontrar un día tras otro su buzón vacío, o lleno con cartas de bancos sin una sola noticia de ella. Entonces pensó en el psiquiatra y volvió a escribir. Cada día se escribía una carta a sí mismo, Avenida de la Alegría, sin número. Otra broma del destino, él, tan triste, vecino de esa calle que algún alcalde había bautizado con ironía.

A la vuelta del trabajo encontraba la carta en el buzón. Y la ilusión, como cerveza, lo llenaba. Se contaba a sí mismo los aconteceres que lo soliviantaban. También se acordaba de Conchita, que no se había ido de su cabeza. Y siempre decía lo mismo: «Espero que al recibo de la presente te encuentres bien». Su vida comenzó a tener sentido otra vez. La tristeza era un azucarillo que se diluía en su boca. Trataba con ella de tú a tú, sin complejos. Un vaso de vino y las penas huían. Casi todas. Porque en estos últimos seis meses, Sánchez en Moncloa, todo iba a peor. Hasta ayer. Entre los sobres encontró, además de las misivas bancarias y de la carta que cada día se enviaba a sí mismo, una letra vieja. En el remite, Conchita. Ella, como el turrón, volvería a casa esta Navidad.