APedro Sánchez -obsesionado por innovar y por hacerse un hueco en la historia del pensamiento político- no le era suficiente el concepto de posverdad con el que Trump, Putin, Farage o Salvini están forzando la interpretación emotiva y sentimental de la realidad política para adaptarla a sus estrategias electorales. Su conciencia socialista, y su sentido de la democracia posibilista le impedían manipular a los ciudadanos «por la derecha», y por eso se inventó la preverdad, que, dicho en cuatro palabras, viene a ser «la manipulación por la izquierda».
Pero la mejor teórica de la preverdad es Carmen Calvo, que, para defender a su líder de la zafia condición de prometer el todo para gestionar la nada, formuló la sutil definición de preverdad con la que nos asombró el mes pasado: «Sánchez no miente ni rectifica -dijo Calvo-, lo que pasa es que antes hablaba desde la oposición y ahora lo hace desde el Gobierno». Porque la preverdad no es mentir, sino decir en cada momento y circunstancia lo que mejor se adecúa a las conveniencias del charlatán. Dicho lo cual, y tras asentar con propiedad la teoría de que Sánchez no miente, ni rectifica, ni hace falsas promesas, voy a comentar algunos ejemplos de su prodigiosa preverdad.
En julio del 2016, cuando Sánchez inició la formación de su shadow cabinet, avanzó su idea de que, en el marco de la reducción de ministerios que pensaba hacer, estaba dispuesto a fusionar el Ministerio de Defensa con el de Interior, reducirlo -en nombre del pacifismo- a la mínima expresión y dárselo a Podemos, para que su socio preferente hiciese mangas y capirotes con esa bagatela fusionada. Esa preverdad, recogida desde el Gobierno, significa que Defensa -que le gestiona al presidente sus aviones y helicópteros- es su juguete preferido, que su mejor gestora es una mujer socialista, y que, tras confirmar hace cinco meses el gasto de 5.544 millones de euros que dejó encarrilado el PP, le añadió el viernes pasado otros 7.331 millones, hasta alcanzar la cifra de 12.885 millones que le cuesta al Sánchez gobernante el pacifismo acendrado del Sánchez opositor.
Otra gran preverdad fue el diálogo y la distensión con los independentistas, que se va a concretar en la ocurrencia de celebrar en Barcelona una reunión del Consejo de Ministros, y una cumbre de los «jefes de Estado de España y Cataluña» -lo que haya de error en la frase entrecomillada es consciente-, que tiene todos los visos de derivar en un espectáculo como un Madrid-Barça, en el que 9.000 agentes, pagados por la Generalitat y el Gobierno, van a canear y hacerle sombreros a miles de manifestantes, pagados -o abonados- con recursos públicos. Porque España está viviendo el esperpento de una crisis nacional que solo se sostiene sobre el inaudito desbarre de sus gobiernos e instituciones. Y quiera Dios que no acabemos todos ahogados en el océano de preverdad al que Sánchez ha redirigido todos los ríos desbordados y truculentos que discurren por el país.
También en La Voz
Leer más: Galicia cabalga la ola grande