En Marea, entre el ser y la nada


Es una verdad universal que no hay peores enemigos que los compañeros de partido. Basta recordar lo sucedido en España, durante la Transición, con UCD, o lo que hoy acontece en Gran Bretaña con los conservadores, dispuestos, al igual que los ucedistas en su día, a cargarse a quien ahora los lidera (anteayer volvieron a intentarlo), aunque sea al precio de la autodestrucción de su partido y de meter al país entero en un formidable atolladero.

La pelea a cara de perro en que vive hundida En Marea desde hace varios meses ha acabado por tener tal tinte cómico que la imagen de sus dirigentes recuerda cada día más a aquel descacharrante camarote de los Hermanos Marx, donde todos gritaban y nadie se entendía. Aunque es difícil saber quién hace en la función de Groucho Marx (pidiendo una y otra vez «¡dos huevos duros!») y quien de Harpo, tocando la bocina, no cabe duda de que el perpetuo follón interno de una fuerza que se presentó como la impulsora de la renovación de una política gallega presuntamente esclerotizada y dominada por la casta pone de relieve la vanidad y la imprudencia de quienes consideraban tontos de remate a los dirigentes de los llamados partidos tradicionales, además de unos malvados que no tenían otro interés que hacerle la puñeta a los gallegos.

Las cosas eran, por supuesto, como lo son siempre en la vida real, más complicadas de lo que pensaban un grupo de aficionados que, en su inmensa mayoría, no tenían otra experiencia que la de las asambleas de facultad. Y que creían que la política con mayúsculas consistía, como aquella, en ser «echaos palante», gritar mucho, no ponerse ¡nunca! una corbata y acusar al gobierno gallego de todos los males de este mundo.

El resultado de tan original como osado experimento está a la vista de todos los gallegos: un fiasco pavoroso. Más allá de un radicalismo parlamentario que se agota en sí mismo, sin ofrecer nunca otras soluciones que quimeras, la gran contribución de En Marea a la política autonómica (sus alcaldes bastante tienen con intentar salvarse del incendio al que han echado tanta leña) es una sucesión de debates sobre l’être et le néant (el ser y la nada), por decirlo con el título de una obra del filósofo galo Jean-Paul Sartre, a quien probablemente En Marea le habría parecido, como hace dos años a tantísimos gallegos, el colmo de la modernidad.

Pero, ¡ay!, ha sido que no. Rotundamente. En Marea es hoy conocida principalmente por vivir en un interminable arrancamoños, que ha convertido el follón por todo, y de todos contra todos, en la principal seña de identidad de una organización que es, en realidad, una desorganización. Tal desorganización que pone los pelos de punta solo imaginar que quienes con esa falta de responsabilidad y sentido común se comportan para administrar su propia casa puedan llegar a administrar un día la de todos. Hablo, claro, de Galicia.

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