Contemplar a Podemos pidiendo la dimisión de Borrell es como ver a un rapero del Bronx silbándole el Nabucco a Ricardo Muti, o a los grafiteros que embadurnan los trenes de Barcelona poniéndole pegas a Las Meninas de Velázquez. Porque, aunque a Muti se le puede escapar un gazapo, o a Velázquez un borrón, es obvio que la genialidad en nada se resiente por una entrada confusa o un brochazo descuidado. La gente corriente sabe distinguir a los buenos y a los sabios más allá de sus faltas y errores. Y solo los inquisidores más amargados pueden creer que el orden del mundo queda salvado cuando Galileo o Fray Luis de León cumplen sus lamentables trienios de cárcel y amargura.
Lo malo es que en la política actual faltan genios y sobran inquisidores. Y tan grave es el tumor que padecemos, que a nadie le extraña que millones de personas, que hacen gazapos y borrones a diario, estén de acuerdo en quemar a los genios a la primera de cambio, mientras creen a pies juntillas en los falsos brillos y destellos que generan las mopas hediondas de los inquisidores.
Conocí a Borrell en 1983, cuando, en su calidad de secretario de Estado de Presupuesto y Gasto Público, asistía a la Comisión Mixta de Transferencias, como incómodo y jacobino vigilante de los acuerdos económicos anexos a los traspasos competenciales. Lo traté un poco más -es decir, discutí con él mucho más- a partir de 1984, cuando en calidad de secretario de Estado de Hacienda estaba empeñado en crear una Hacienda adecuada a la entrada de España en la Comunidad Europea, en medio de una enorme e injustificada desconfianza sobre las haciendas autonómicas. Y lo traté un poco más a partir de 2007, cuando, en mi calidad de director del Centro de Docencia e Investigación de la UIMP-Galicia, tuve oportunidad de recibirlo y convivir con él como docente universitario de excepcional prestigio. Y desde ese conocimiento puedo decir, y digo, que Borrell, no siendo persona fácil de torear, y pecando con frecuencia de la suficiencia bien ganada que le da su impresionante currículo, es una garantía de rigor y buen hacer en todos los cargos políticos que ocupa, y su actitud siempre transmite, sobre cualquier otra pose, una ejemplar vocación de servicio al Estado y un profundo conocimiento de todo lo que se trae entre manos.
Y así sigue siendo hoy: un oasis de saber y de sentido del Estado en el áspero desierto del Gobierno Sánchez. Y por eso me temo que tanto amigos como enemigos traten de aprovechar su pequeña machada de 2015, considerada por la CNMV una «falta muy grave», para deshacerse de él, sin calibrar su posible pérdida, y para darle gusto a los inquisidores que pretenden pulir España con sus mopas envenenadas. Yo, como es obvio, no puedo hacer nada para evitar su linchamiento. Pero puedo reafirmarme en que es un político de nivel europeo, a enorme distancia de sus fuleros competidores. Y mucho sentiría que al final pereciese, quemado, en un auto de fe dirigido por los más impresentables.