Decía Borges que Quevedo era una literatura. Hay autores que su firma brilla tanto que lo oscurece todo. Valle?Inclán es otra literatura. Y luego está el mestizaje. Hay genios que son un diccionario entero y que se permiten ejercer un arte con las armas prestadas de otro. Bernando Bertolucci hacía cine cuando, en realidad, era uno de los más grandes pintores de la historia. Como muy bien dice mi compañero Xesús Fraga era capaz de reflejar lo íntimo y lo épico. ¿Acaso no es lo mismo? ¿Hay algo más épico que dos personas que no se conocen y que se aman y se devoran en un piso de la calle Julio Verne de París? ¿No es la relación del último tango tan potente como ser el último emperador en China? ¿No son los segundos de un orgasmo infinitos como la arena del desierto de El cielo protector? ¿No es cualquier revolución, como el fresco inmenso de Novecento, una gigante historia de amor? Bertolucci utilizó la cámara y a los actores como pinceles y lienzos. Y dejó algunos de los instantes, cuadros, más poderosos de la historia del cine. Siempre con esa manía suya, que tanto dice de la verdad de lo que somos, de buscar el reflejo del otro, de definirnos y rompernos en pedazos en el fondo de un espejo. Frágiles, cuando somos humanos y cuando somos divinos.