Hay un gallego de Rábade, buena gente, un señor, con mucho cine vivido y muchas amistades cultivadas, que es Chema Prado. Llorará la muerte de su buen amigo Bernardo, y, creo no equivocarme, casi un hermano para él y su compañera, Marisa Paredes. En las Navidades pasadas, por ese invento diabólico que es WhatsApp, me felicitó el año desde Roma con una foto de un grupo reducido de conocidos rostros del cine. Y allí estaba Bertolucci, a su lado. Se le veía bien, aunque postrado en esa maldita silla de ruedas a la que se vio condenado hace algunos años por una mezcla de fatalidad y a saber si negligencia médica, a causa de una operación de espalda. Un tipo que amaba la vida, de buen comer y apego a la cocina tradicional y sin muchas florituras, se sintió perdido para el cine. No llevaba bien su falta de movilidad, y a veces asomaba la depresión.
Chema y Marisa, tal como él confesó a La Voz en una entrevista de hace un par de años, lo invitaban con frecuencia a Galicia junto a su esposa, la también directora Clare Peploe. Visitaba Casa Salvador para probar su famoso bacalao. Quizá se haya caído alguna vez por el compostelano Gato Negro. En todo caso disfrutaba con los pimientos de Padrón y, cuentan, con la tortilla de Betanzos… A saber lo que habrá de leyenda urbana en (casi) todo esto, pero sin duda el director de Novecento encontraba parecidos razonables entre su Toscana natal y la Galicia que visitó con cierta frecuencia. Llegó a rumorearse que para el Xacobeo 93 le habrían propuesto llevar al cine la vida de Xelmírez. ¡Qué obra maestra jamás filmada! Regresando a Chema, en una ocasión reciente comentó que varios de sus amigos estaban trabajando y animando a Bernardo para regresar a las cámaras. Al parecer, ya casi lo habían conseguido. Y en esto que Bertolucci ordenó su postrero golpe de claqueta.
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