Un rufián en el Congreso


Su señoría Gabriel Rufián, a quien no le niego legitimidad, ni tratamientos, ni sueldo, ni privilegios, es y se comporta -«estaba de Deus», dicen en Forcarei- como un rufián. Un ignorante, maleducado y pendenciero, que, con la ayuda del pueblo que lo jalea y de los diputados que lo soportan, ha logrado convertir el Congreso en un tugurio de barrio bajo. Lo lógico sería que, aplicando el reglamento como se hace en el fútbol, donde la reiteración de las faltas es criterio de gravedad, ningún ministro o diputado, salvo los de su propio grupo, le dirigiese la palabra, y que ningún periodista vendiese su flagrante estupidez, como espectáculo, en el medio en que trabaja.  

De esta forma nos ahorraríamos situaciones como la que tuvo que afrontar ayer la señora Ana Pastor, y como las que, en comisiones y pasillos, sirven para aumentar la sensación de desorden, banalidad y bajeza que domina hoy la política española.

Lo malo es que Rufián y sus rufianadas no son más que un síntoma de crisis asimilable al que, desde otras posiciones, y con educación y formas exquisitas, ofrecen los restantes ministros y diputados, que tampoco consiguen rescatar los debates parlamentarios de su levedad, su pobreza argumental y su impresentable dispersión temática, lingüística y política. De lo cual debemos concluir que España, que sigue teniendo bases objetivas para ser gobernada -por acuerdos del PP, PSOE y Ciudadanos, y con la leal oposición de Podemos y algunos nacionalistas-, se está enmarañando en sus líos y trifulcas, hasta poner el país al borde del abismo.

Aunque no se puede restar gravedad a un ambiente definido por el brexit, la insubordinación de Italia, el crecimiento de los populismos, el desajuste de la economía mundial y los constantes avisos que recibimos del FMI y de la UE, es evidente que, como el propio FMI reconoce, tenemos una coyuntura económica más que abordable -aunque no se está abordando-, y una situación política todavía razonable -aunque la estamos liando parda a causa de la negativa e inexplicable transfiguración del PSOE-. Y por eso cabría -y aún se puede esperar- que una reconducción del país hacia la gobernabilidad convirtiese en soportables -mientras se corrigen- los procesos de corrupción y los desajustes institucionales -como el de la Justicia- que tanto desaniman a la parroquia.

Pero no se hagan ilusiones. Porque Rufián no es una excepción del sistema, sino una encarnación esperpéntica del modelo de política al que los españoles -indignados y obcecados- le hemos encomendado la lucha contra la casta, la regeneración, el control del capitalismo, la reforma territorial, la liberación de los pobres, la progresión del laicismo, el advenimiento de la república y la superación de los complejos que nos impiden situarnos en uno de los mejores países del mundo. Y por eso vamos hacia el caos. Porque Sánchez -que acaba de estrenar su historia- también cree que el rufianismo y sus confluencias son útiles para rescatarnos «de la derecha».

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