Mujer, identidad de riesgo


Discúlpenme que hoy no me ocupe de nada que tenga que ver con la ardiente vida política, pero tengo una explicación: hay otra política más importante, que es el clima de violencia en que vive la mujer española. Los datos proceden de un barómetro que se presentó ayer en Zaragoza, en las Jornadas Internacionales Feministas, y me quedo con tres espeluznantes: el 63 % de las mujeres confiesa haber sufrido acoso físico o psicológico, el 26 % relata que ha sido víctima de alguna agresión física o sexual y solo el 8 % la denuncia; la inmensa mayoría prefiere el silencio, quién sabe si por vergüenza, por miedo o por un acendrado sentido de su intimidad.

Las noticias de este tipo se producen todos los días, la mayor parte no se publican, precisamente porque no se denuncian, y solo estudios sociológicos como este barómetro encienden una señal de alarma: la situación es mucho peor de lo que algunos pensábamos.

Conocemos el número de víctimas mortales en lo que se llegó a llamar terrorismo doméstico o de género, pero desconocemos la dimensión del sufrimiento de la mujer acosada. Se puede decir que ser mujer en España -y creo que en cualquier país europeo, a juzgar por las estadísticas de asesinatos- es tener una identidad de máximo riesgo. La primera reflexión es que las leyes contra el acoso y contra cualquier otro tipo de violencia tienen una influencia muy limitada, si es que tienen alguna. Son incapaces de poner coto a la plaga de las agresiones. Las campañas de creación de conciencia tampoco surten efecto, porque donde hay un acosador dispuesto a actuar se puede cometer un acoso, hasta llegar a la agresión sexual. Y hay un caldo de cultivo entre los jóvenes que, según otros estudios recientes, practican, aceptan y justifican el control de la pareja.

Lo que revela la encuesta que comento es, por tanto, que estamos ante un fracaso colectivo. De los poderes públicos, porque no encuentran el resorte para ser efectivos. De los representantes políticos y sociales, que tienen ideas fantásticas como la de un Pacto de Estado, pero tampoco tienen una efectividad que podamos celebrar. De los medios informativos, a los cuales hay que reconocer una militancia activa anti-acoso, pero no logran cambiar los hábitos más repugnantes. De la escuela, porque o no sabe enseñar igualdad y convivencia, o los efectos de la educación son demasiado lentos para que los podamos percibir en una generación. Y de la propia mujer, que oculta las agresiones, y así nunca será posible el castigo. Si solo el 8 % se atreve o se anima a denunciar, está premiando al acosador con el beneficio más injusto, que es el de la impunidad. Me parece un balance descorazonador.

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