Un pronóstico agridulce


Los demócratas han puesto muchas esperanzas en las elecciones de medio mandato del martes. Su sueño es hacerse con el control de las dos cámaras (la Cámara de Representantes y el Senado), lo que les permitiría frenar a Donald Trump en sus políticas, e incluso algo más: deponerle mediante un proceso de recusación (impeachment). Pero a la vista de las encuestas, ese sueño está dando paso a una sospecha agridulce: todo apunta a que los demócratas sí lograrán el control de la Cámara de Representantes, pero la posibilidad de conseguir también el Senado se aleja cada vez más, al menos en el paisaje que presentan los sondeos de opinión.

Es extraño, porque, para un presidente, mejorar en el Senado y perder escaños en la Cámara de Representantes es algo bastante anómalo. De hecho, solo ha ocurrido tres veces desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (con Kennedy, Nixon y Reagan). Normalmente, ambas cámaras se mueven en la misma dirección, que suele ser la de castigar al partido del presidente, sobre todo si tiene índices mediocres de popularidad, como es el caso de Donald Trump. Es una especie de compensación o de «remordimiento» de lo votado dos años antes en las presidenciales. Sin embargo, en esta campaña Trump ha ido mejorando sus perspectivas en el Senado al tiempo que iba perdiendo fuerza en la Cámara. Lo dicho: no es lo habitual, pero el motivo de esta discrepancia es en gran parte técnico. Mientras que en la Cámara de Representantes están en juego el total de 435 escaños, en el Senado tan solo se disputan 35 de los cien puestos de senador; dado que, de esos 35,23 están en manos de los demócratas esto les expone más a la derrota y les fuerza a ganar todas esas elecciones, y algunas más, si quieren hacerse con el Senado. No es completamente imposible que lo logren, pero ahora mismo parece muy improbable.

Excluido el impeachment, ¿qué pueden hacer los demócratas si consiguen la Cámara Baja? Podrán iniciar investigaciones sobre cualquiera de los asuntos oscuros del presidente, algo que hasta ahora solo podían llevar a cabo bajo la supervisión de los republicanos. Trump no podrá aprobar ya prácticamente ninguna iniciativa legislativa, como le sucedió a Obama durante la mayor parte de su mandato. Los demócratas no podrían, sin embargo, impulsar su propia agenda porque se encontrarían con el bloqueo del Senado, pero Trump tendría que negociar con ellos los presupuestos. Dicho esto, lo cierto es que Trump apenas ha presentado iniciativas ni impulsado leyes, por lo que el cambio de manos de la Cámara podría no notarse mucho. Pero si Trump conserva el control del Senado, sí se notará en algo fundamental: podrá seguir nombrando jueces conservadores para el Tribunal Supremo (igual que Obama, en su día, lo inclinó hacia el progresismo). Esto tiene una enorme importancia, sobre todo en estos tiempos en que la «guerras culturales» en torno a derechos individuales están sustituyendo cada vez más a la lucha por las políticas colectivas. Ahora solo falta ver si las encuestas, esta vez, han acertado.

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