Es manifiesto que el ambiente delirante generado por el procés ha roto Cataluña y resucitado la vieja realidad de las dos Cataluñas provocando una escisión de sentimientos encontrados. Un dicho popular dice Mig món s’en fot de l’altre mig (medio mundo se ríe del otro medio) pero con el debate del procés no se ríen, se enfrentan. Es un dilema que marca un punto de corte sin matices del tipo: ¿Te gustan los toros o no? ¿Te gusta la lamprea o no?; en realidad no tendría que pasar nada, pero aquí sí pasa porque el interlocutor discrepante se convierte en un sospechoso, un infiel, un esquirol, un tonto o un facha.
Soy catalán de origen y la mayor parte de mi familia vive en Cataluña, nuestra familia siempre se llevó muy bien y no se recuerdan leyendas de enfrentamientos intratribales. Nos llevamos bien aun habiendo miembros de todo pelo y pluma y, de momento, no nos ha costado ningún disgusto como a tantos otros conocidos que renunciaron a disfrutar juntos a cambio de acunar recelos. A pesar de todo hay reuniones familiares en las que me sorprendo cuando una prima pregunta si hay peligro en venir a Galicia en coche -por temor a que la apedreen, imagino- y otro que preguntaba si le iban a pedir el pasaporte para entrar en el pueblo. Hasta ahí solo son ironías bien avenidas.
Lo peligroso comienza cuando la discrepancia se convierte en odio y el odio en rencor, que es el odio eterno. Estamos llegando a ese punto sin sentido, valga una escena que me contó mi hermana. Se fue con una amiga a un teatro barcelonés a ver el magnífico documental El corazón del Teatro Real, toda una golosina de historia y música actualmente en cartelera; su inauguración tras varios intentos fallidos desde que lo encargó Felipe V, la premier de Donizetti dirigida por el titular del Liceo de Barcelona, el corazón donado por Gayarre o las actuaciones memorables de divos y divas. Al acabar acordaron haber pasado dos horas estupendas; sin embargo, les llamó la atención que el aforo no superara la docena de personas dada la calidad y publicidad de la obra, y en eso estaban cuchicheando cuando un matrimonio mayor de la fila de atrás se inclinó y les dijo en voz bajita: «Es que ninguno de los que estamos aquí llevamos lacito amarillo. ¿Que no se ha dado cuenta?».
La fractura existe, en mayor o menor grado, nadie la puede negar, y causa congoja. Los catalanes tienen seny y tienen rauxa, ahora están de rauxa. Habrá que tener paciencia y esperar que vuelva el seny.