El efecto Trump en Brasil


Ha resultado al revés de lo que se esperaba. Las grandes manifestaciones feministas contra el candidato de la ultraderecha Jair Bolsonaro que se celebraron el pasado fin de semana bajo la etiqueta de Twitter #EleNão (él no), no solo no le han hecho bajar en las encuestas, sino que parecen haberle dado un empujón casi definitivo. Es más, a pesar de presentarle (correctamente) como la quintaesencia del machismo, Bolsonaro es ahora el candidato preferido por la mayoría de las mujeres brasileñas, especialmente entre las más pobres. De nuevo se repite el error de análisis de los demócratas estadounidenses en las elecciones que llevaron al poder a Donald Trump hace dos años: polarizar unos comicios reduciéndolos a una lucha entre lo políticamente correcto y la provocación favorece al provocador (Trump, Bolsonaro), al que se convierte automáticamente en el voto de protesta. Paradójicamente, la exaltación de la indignación moral, que se ha convertido en el gran argumento de la izquierda, es la que alimenta a sus Némesis.

Otras circunstancias terminan de explicar el despegue de Bolsonaro en las encuestas: el atentado que casi le costó la vida el 6 de septiembre no solo ha despertado la empatía de una parte del electorado, sino que, sobre todo, le ha tenido alejado de los debates televisados en los que posiblemente habría hecho el ridículo. Para alguien que dice las cosas que dice él, el silencio es una forma de moderación, y esto le ha facilitado la transferencia de voto desde los partidos tradicionales de derecha. La «bancada ruralista» (el lobby agropecuario), los terratenientes y los grandes empresarios preferían a alguien con un mínimo de idea de la economía, como Geraldo Alckmin, pero han terminado por conformarse con el ignaro confeso Bolsonaro en vista de que Alckmin no pasa del 10 % en los sondeos.

Sin embargo, ni siquiera esta espectacular subida de Bolsonaro de la última semana (del 27 al 38 %) le coloca en posición de ganar la primera vuelta. Y, por eso, todo apunta a una revancha muy ajustada. Los sondeos dan un empate técnico entre Bolsonaro y el izquierdista Fernando Haddad (44-42, en el margen de error estadístico). Haddad, el sucesor del expresidente Lula da Silva, también avanza en las encuestas, pero mucho más lentamente. Mientras que Lula, antes de verse descalificado por los tribunales, superaba el 40 % de apoyos, Haddad se mueve en torno al 25 %. Esto dice algo sobre el elector brasileño, de derechas o izquierdas, algo que no es sorprendente en Sudamérica: la fidelidad es al caudillo, a la figura populista, más que al partido o la ideología.

Las esperanzas de Haddad, en realidad, se centran en la antipatía que pueda despertar Jair Bolsonaro más que en su propio tirón. Un número mayor de ciudadanos brasileños rechazan a Bolsonaro (45 %) que a Fernando Haddad (41 %). Y así como la primera vuelta es una competición de simpatías, la segunda es siempre un duelo de antipatías. Ahora solo falta por ver de qué lado cae la elección del mal menor.

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