Según un estudio de la plataforma de televisión de pago Sky, los españoles están completamente enganchados a las series: siete de cada diez personas se consideran «adictas» a ver este tipo de contenidos, un 41 % dedica al menos una hora y media diaria a ver series y casi un 30 % más de dos horas. Por si fuera poco, al 72 % le gustaría todavía pasar más tiempo frente a la pantalla contemplando historias de ficción o basadas en hechos reales.
Existe un convencimiento generalizado de que «las series son el nuevo cine», o sea, que han desbancado al séptimo arte en cuanto a originalidad, calidad de producción y dirección artística y complicación argumental. El hecho de que grandes compañías de streaming como Netflix y HBO se dediquen también a financiar largometrajes no hace sino apuntalar esta teoría. Están diciendo: no solo podemos competir con los grandes estudios de Hollywood, también podemos sustituirlos.
Creo que exageramos. Últimamente he visionado los primeros capítulos de dos producciones catalogadas por algunos críticos como «series del año». Tan distintas como Killing Eve y el biopic sobre Luis Miguel. La primera es un ¿thriller?, ¿comedia negra?, ¿vodevil? que no aguanta más de dos capítulos; al tercero ya te aburre esa asesina (tenía que ser rusa, claro) que parece una agente 007 psicótica, moviéndose por Europa y matando con saña y afectación. De las interpretaciones de Sandra Oh y Darren Boyd como agentes del MI5 expertos en seguridad mejor no hablamos; Mr. Bean sería más creíble.
El culebrón sobre el cantante mexicano tiene un tufo imposible a Los ricos también lloran. Me resulta inexplicable que alaben la actuación de Óscar Jaenada, pasado de rosca, y el guion es ridículo, con diálogos que parecen sacados de una novela de Corín Tellado. Algo parecido me ocurrió con Narcos, que me tragué de principio a fin, a la que le pesaba la realización «a la brasileña» de su director, José Padilha.
En fin, también hay excepciones, como esa Mrs. Maisel que acaba de ganar ocho Emmy (aunque las malas lenguas dicen que este año tocaba premiar a la compañía del nuevo rey Midas, Jeff Bezos) o el spin-off de Breaking Bad, Better Call Saul. Pero quienes sitúan estas obras u otras como Juego de tronos en la cúspide de la creación audiovisual contemporánea deben ser muy jóvenes. Yo, como Fernando Trueba, solo creo en Billy Wilder.