El regreso a Meira

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

ED

17 sep 2018 . Actualizado a las 08:27 h.

Volví este verano a Meira (Lugo), la tierra de mis padres, y la mía por devoción. Pasé allí muchos veranos y mucho tiempo en mi adolescencia; escribí relatos de ficción sobre el lugar; una vez dije un pregón en las fiestas del quince. Pero ya no tenemos casa en Meira. La de mi padre en Piñeiro se vendió, la de mi madre en la villa se derribó para hacer sitio a un bloque de viviendas. Así que este agosto me instalé con mi familia en Casa Cazoleiro, una casa rural muy popular que descansa en la ladera de la sierra. Desde allí dábamos paseos por los caminos de tierra, entre robledales. Subíamos al Pedregal de Irimia o Irima, donde nace el Miño que ha de recorrer Galicia entera a pie. Es un río para mí familiar porque desde casa de mi madre, por la ventana de la cocina, se veía su nacimiento, y luego pasaba por Lugo junto al barrio de Recatelo, donde nací yo. Hice en Irima lo que hago siempre: frené por un momento el curso incipiente del río, un hilo de agua, con el pie. Y esta vez también grabé en el teléfono el canto del río joven, más bien niño, para que me ayude a dormir por las noches.

Otras veces iba a pasear solo hasta un lugar cerca de As Corbaceiras, para recordar. Hace treinta años hubo allí un incendio forestal en cuya extinción participé. En un momento del incendio mi primo Luis y yo nos quedamos aislados por el fuego y tuvimos que echarnos al suelo para respirar entre la hierba. Huyendo del fuego, nos pasaron por encima culebras, lagartijas, bichos que nos hicieron nada, atontados, como nosotros, por el humo. Fue como una epifanía. Lo escribí en un relato de un libro, cambiando un poco la historia, como hacemos los escritores. Luego, este verano, bajábamos a Meira de vez en cuando y allí me encontraba a veces con mi primo Luis, con quien creo que nunca he vuelto a hablar de aquel episodio. Estaba igual, como siempre.

También Meira está más o menos igual, con su alameda tranquila y sombreada, su hermosa iglesia bernarda. A mano derecha, según se mira su puerta con herrajes, sube serpenteando la carretera que va a la Ribeira de Piquín, la tierra de uno de mis abuelos. Recuerdo que hace treinta años hice una excursión en bicicleta con un amigo, para ir a Santalla, a ver a una chica que a los dos nos gustaba. También lo conté, un poco cambiado, en otro relato.